Wednesday, March 25, 2009

Casi treinta y ocho años de la vida de Pablo Corso en casi treinta y ocho páginas.

Casi treinta y ocho años de la vida de Pablo Corso en casi treinta y ocho páginas

01 Past in Present / Pasado en presente


From dark to bright/ When a wrong becomes a right / When a mountain fills with light / It's a volcano, it's a volcano / It's a volcano / it's a volcano / So much present, inside my present / Inside my present / So, so much past

De oscuro a brillante / Cuando un error se convierte en un acierto / Cuando una montaña se llena de luz / Es un volcán, es un volcán / Es un volcán, es un volcán / Tanto presente, dentro de mi presente / Dentro de mi presente / Tanto, tanto pasado


No está de muy buen humor que se diga. En realidad, eso es poco decir, sería muy difícil estar de peor humor. Le duele la cabeza, la bota derecha le está jodiendo vivo, tiene hambre, tiene sed y está cansado como un perro. Un final de jornada acorde con el resto del día, y es que, menudo día de mierda ha tenido. Uno de esos que hubiese sido mejor no haber cogido el móvil y haber seguido durmiendo. En días así no puede evitar pensar que la pequeña diferencia que él pueda o no pueda marcar haciendo lo que hace, no compensa en absoluto el desgaste personal que conlleva. Está un poco de bajón, el caso ha sido muy feo, mucho. Hacía tiempo que no veía tanta sangre derramada en el suelo. Tiene en la retina la imagen de un montón de cuerpos tapados por bolsas de plástico negro sobre un suelo de linóleo blanco salpicado de granate. Suspira y sacude la cabeza. Tamborilea los dedos sobre la barandilla de las escaleras mecánicas. Odia los supermercados, ojala no hubiese sido estrictamente necesario ir. Se consuela pensando que al menos ha meado antes de salir, eso es lo único que le faltaba, la vejiga llena, y dando por culo.

El humor se le ensombrece aún más cuando las escaleras mecánicas le depositan arriba del todo, y ve que eso está hasta la bandera de gente y que un hace un calor infernal. Pues que bien, cuánta alegría. Desde luego que parece que le ha mirado un tuerto. Refunfuñando entre dientes se aleja de la zona de cajas. Hostia, si es que viendo la cantidad de gente haciendo cola para pagar cualquiera diría regalasen las cosas. Joder, y encima habla casi como el abuelo de los Simpson.

Por quejarse del calor, ahora en los congelados hace un frío de huevos, tanto que se tiene que subir la cremallera del abrigo hasta la barbilla. Coge un envase de helado de chocolate, y se le ocurre que en los platos precocinados hay algo que le apetece una barbaridad. Acaba de tener un antojo, pastel de carne y patatas. Mario siempre le dice que eso es una guarrería, una bomba de grasa, calorías, y sepa Dios qué más. Sin necesidad de que Mario, alias mens sana in corpore sano, se lo diga, lo sabe de sobra, pero se la pela. No es como si zampase uno cada día. Normalmente come bastante bien, y oye, un par de veces al año, no pueden hacer daño. Le gusta comerse uno muy de vez en cuando, y, oye, que viene tremendamente bien esos días en los que se llega a casa hasta los huevos de todo, y no hay ganas de hacer cenas, ni cenos. Un día como el que está teniendo, vaya. Además será una guarrería, pero no es que este bueno, está que te cagas de bueno, un pastel de esos cubierto hasta los topes de queso fundido, y una tableta de chocolate con leche entre dos rebanadas de pan de molde. Buah, la puta cena de los campeones. Empieza a salivar de solo pensarlo.

Aunque quede algo amariconado decirlo, le sentará bien un poco de chocolate. Una vez en la sala de espera del dentista leyó que el cacao era casi como echar un polvo, segregas endorfinas, y te mejoraba el humor y el ánimo. Pensándolo bien, prefiere sexo a chocolate, aunque hoy está cansado, bastante raro, y no tiene demasiadas ganas de mambo. Está teniendo un día muy tonto, se nota blandito, blandito. Si tuviese algunos años más, diría que es la andropausia, pero como no es el caso, va a ser que lo suyo no es rollo hormonal. Va a ser más bien que a un hijo de puta que estaba cumpliendo condena por varios homicidios, un juez le ha dado un permiso de fin de semana, el tío se ha plantado en un gasolinera con una pistola, se le cruzado el rojo con el verde, se ha cargado a seis personas, y después se ha volado los sesos. Va a ser eso y no un problema de testosterona. No se le ocurre una manera más aleatoria y más injusta de morir. La película no va contigo, pero acabas muerto de todas formas. La vida es una hija de puta. El caso le ha amargado de mala manera.

Una de las víctimas se llamaba Pablo, tenía treinta y ocho años, y llevaba puesta una cazadora igualita a la suya. Eso ha sido ya la guinda, cuando le han dicho el nombre del muerto ha pensado que estaba entendiendo mal. ¿Cómo iba a llamarse como él, casi misma edad, y tener justo la misma cazadora? No era parecida, era la misma. Mismo modelo, mismo color, y diría que hasta misma talla. Iguales. Todos esos datos juntos le han dejado en KO técnico. Luego se ha enterado de que además de un nombre y una cazadora, tenía una vida, y eso le ha dado más mal rollo todavía. Todas las victimas tienen familia, amigos, nombres... si, pero esta víctima tenía algo diferente. Esta le quedaba demasiado cerca de casa, era como un versión distinta de sí mismo. Ha sido como ver muerto al hombre que podría haber sido. El pobre hombre que se llamaba como él, la versión de él que no llegó a ser, sale de su casa pensando que solo tardará unos minutos en volver, y acaba muerto. Es tremendamente injusto.

A ese tío le quedaba todo por hacer, pero ya no lo haría. No volvería a besar a su mujer, no vería crecer a sus hijos, no celebraría nunca más el triunfo de su equipo de fútbol, para él no habría más de nada. La partida se le había acabado con solo tenía treinta y ocho años, los mismos que él va a cumplir en diez días. La vida es una cabrona, te hace creer que tienes el control, pero lo cierto es que no. Un sábado por la mañana te levantas, decides que toca lavar el coche, y, bang, acabas el día muerto. Uno no tiene ni puta idea de lo que hay a la vuelta de la esquina, no tienes el control de nada, y como no seas listo, el tiempo se te escapa por entre los dedos sin que hagas nada que merezca la pena con tu vida. El tiempo es un hijo de puta que nunca deja de correr.

Y a qué velocidad corre, ayer tenía veinte años, y hoy está muy cerca de los cuarenta. Casi dos décadas que han sido como un soplo. Lo de los cuarenta a la vuelta de la esquina no lo había pensado demasiado hasta que el lunes estuvo comiendo con Molina, y el cabrón le estuvo tirando pullas durante toda la comida. Cómo disfruta picándole el mamonazo. Entre otras muchas lindezas, le dijo que se agarrase, que ahora venían curvas, que él hasta los treinta y siete tenía una mata de pelo envidiable, un cuerpo escultural (usó esa misma palabra), y corría como un atleta camerunés. Lo del camerunés le hizo gracia, pero lo del cuerpo escultural casi hace que se le atragantasen los canelones. Eso habría que haberlo visto.

Con todo, aún sabiendo que eran coñas, la charla le dio alas para rayarse un rato. ¿Va a acabar como Molina en un par de años? Vamos, no me jodas, ni de coña, eso no puede pasarle. Joder, si está mejor que con treinta. Molina, es Molina, y él es él, y físicamente está más que bien. Más musculoso que cuando tenía treinta, no cachas, pero si fuertecito, no se está quedando calvo, sigue corriendo como siempre, y la herramienta le funciona a las mil maravillas, mejor que nunca de hecho. Tiene alguna hebra grisácea en la barba, pero no hace daño, incluso eso le da un aire interesante. Sabe que no va a ser siempre así, pero viendo a su padre, espera que las cosas sigan así por muchos años. El cabrón con sesenta y cinco años, aún tiene todo el pelo, se sigue abrochando el cinturón en el mismo agujero desde los treinta, corre habitualmente, de vez en cuando se larga a montar en bici, y...bueno, en cómo funciona o no su herramienta, prefiere no pensar. En cualquier caso, esos son los genes que le gustan, lo de Molina va a ser por tener un padre con ADN de baja calidad. Todo llegará, pero de momento todo eso lo ve muy, muy lejos. Coño, si las veinteañeras le siguen haciendo ojitos, tan al borde de la decrepitud no estará, ¿no?

Aún así, por muy bien que esté físicamente, eso de tener tan cerquita los cuarenta... pues como que da respeto. Mucho respeto. Cuarenta, ya no son treinta y...., es un salto de decena, y esos siempre dan un poco de vértigo. Cuando era un chaval, la gente de cuarenta le parecían poco menos que ancianos apuntito de cascarla. Nada como acercarse cada vez más a la edad justa para dejar de creer eso, cuando eres un yogurín crees muchas cosas, que luego resultan ser descomunales soplapolleces. Cuarenta años no son nada, ya lo dice la canción, ¿O lo del tango eran veinte? Los tangos se le han acabado borrado de la memoria, da igual, el caso es que con cuarenta se sigue siendo joven, no un jovencito, pero si joven. Tal y como esta el rollo de la esperanza de vida, con cuarenta te queda más de la mitad del camino por recorrer. Mucha guerra por dar.

Aunque todavía le quede un trecho para llegar a ese punto, no cree que eso de que el cuerpo cambie con los años tenga nada de malo. Le parece algo completamente natural. A la larga, engordas, encojes, se te cae el pelo de sitios donde antes solías tener, y te sale dónde antes no tenías. Es ley de vida. Hay quien intenta detener el tiempo con siliconas y botox, pero por mucha mierda que te metas, la fecha que pone en tu partida de nacimiento se queda como está. No se le puede ganar al tiempo, lo de forever young solo es una canción, y quien crea lo contrario, es subnormal profundo. Es estúpido pensar que el tiempo pasa de largo por tu lado sin rozarte. Vaya si te roza, el tiempo te erosiona y te transforma aunque lo hace tan despacio que cuesta darse cuenta. Te deja marcas en el cuerpo, empastes, endodoncias, cicatrices, tatuajes. Tatuajes. Piensa en la razón que tenía su madre al decirle que lo de los tatuajes era una estupidez. Las madres siempre tienen razón, o casi siempre, la lástima es que en el ADN de los hijos va el no escucharlas nunca. Para cuando creces y ya ni eres un niñato, ni estas loco, y se te ha olvidado hace mucho quien coño era Carmen, ya es demasiado tarde para decirle a tu madre que tenía razón. Menos mal que los tatuajes, como la juventud, tampoco son para siempre, se puede recurrir al láser, o taparlos con otros nuevos, o resignarse a que fuiste un capullo y apechugar con ellos. No de todos te arrepientes, algunos te siguen gustando tanto como el primer día, a su pulpo, sus estrellas y el de la muñeca, les tiene muchísimo cariño, de esos no se arrepiente en absoluto. Hasta el tiempo pasa por ellos y de vez en cuando hay que ir a retocarlos, nadie ni nada se libra del azote de los minutos, las horas, y los días. Él tiempo pasa, las hojas del calendario cambian, y tú, quieras o no, cambias con ellas. Por dentro y por fuera.

Porque el tiempo no solo deja huella en tu cuerpo, también te toca más adentro, te cambia los ojos, la manera de ver la vida. O puede que lo que cambie sea cómo ella te ve a ti. Da igual. El resultado es el mismo, lo que esperas de la vida evoluciona. No quieres lo mismo con veinte que con treinta, ni con treinta que con treinta y seis, y si no, que se lo digan a él. Cuando tenía veinte años sus aspiraciones se reducían a un trabajo en el que se trabajase poco, y se ganase mucho, follarse a cuanta pudiese, y a no tener ni media responsabilidad. Las responsabilidades le daban alergia. Pensando un poco más a lo grande, entre sus sueños por cumplir también estaba una primitiva que le llenase de millones y le quitase de trabajar, y así poder llegar a los cincuenta con la pasta saliéndole por las orejas, una rubia en cada brazo, un pedazo de ático en pleno centro de Madrid, y un Aston Martin como el de James Bond aparcado en la puerta. Ese era su plan de vida a los veinte, y por aquel entonces le parecía un plan cojonudo.

Luego su madre murió, él se hizo poli, y lo que le pedía a la vida cambió un poquitín, tampoco en exceso. Con veinticinco años ya no le importaba echar muchas horas por un sueldo que no era como para tirar cohetes. Ese fue el principio de la lenta evolución de Pablo Corso. El folleteo, y su política de cero responsabilidades seguían totalmente vigentes. Tampoco perdió la esperanza con lo de la primitiva, ni con el cochazo, ni con el ático, eso aún quedaba lejos, pero todo podía llegar. El asunto que mejor llevaba era el de una rubia en cada brazo. Ese asunto iba por buen camino. Raro era el fin de semana que cuando el curro lo permitía, no saliese de caza, se pusiese hasta el culo de alcohol, y se llevase algo de compañía femenina a casa. Se lo pasaba muy bien, y como nunca se acostaba más de dos veces con la misma, no tenía ningún tipo de compromiso, si el teléfono sonaba y le apetecía repetir, lo cogía, sino o daba largas, o esperaba a que se diesen por vencidas, y dejasen de llamar. Era sencillo y muy cómodo. Si lo que le apetecía no era un polvo, sino unas risas, salía con sus colegas y quemaba la noche. Colegas tenía muchos, amigos de verdad solo uno, Mario. Con él salía de cañas, no a quemar la noche, a Mario esas cosas nunca le han ido demasiado. A veces resultaba difícil comprender cómo podían ser amigos. Lo cierto es que ni él mismo lo ha entendido del todo, ni siquiera ahora. Son el día y la noche, pero aún así son casi hermanos.

Así que por esa época con sus colegas de correrías, Mario, sus chicas sin nombre, y su trabajo, lo tenía todo hecho. Ni quería, ni necesitaba más. En ese momento no se dio cuenta, pero él ya había empezado a cambiar. No empezaría a darse cuenta hasta bastante después, suele pasar que cuando nos negamos a ver algo, no lo vemos hasta que ya ha pasado. Incluso cuando a los veintiocho opositó para inspector, se convenció a si mismo que no lo hacía porque de verdad quisiera serlo, sino que lo hacía para demostrar a su padre que no era el fracasado que él creía, que podía llegar más lejos que él sin despeinarse.

El año de los veintinueve a los treinta ocurrieron dos cosas que cambiarían todo lo que vino después. Entró a trabajar en una unidad nueva de la Policía Judicial, y conoció a alguien. A una compañera. A Leonor, Leo, Marín. Así se presentó a sí misma cuando la conoció. La tía estaba tremenda, pero aún así, la primera impresión no fue muy allá. En cuanto abrió la boca, metió la pata hasta el fondo con un comentario sobre el jefe, y además tenía una pinta de niñita pija y remilgada que echaba para atrás, ese trajecito, y esa melenita..... Inmediatamente la catalogó como niñita pijita, muy mona, si, pero muy, muy moñas, y además con malas muy pulgas. Unas horas después de haber decidido que se lo iba a pasar teta buscándola las cosquillas, la vio correr como una locomotora, y hostiar como un boxeador a un hijo de puta. La tuvo que sacar de esa categoría a la velocidad de la luz.

Desde luego que no era ninguna niñita, no tenía nada de pija, y mucho menos de moñas. Incluso lo que había tomado por malas pulgas era simplemente carácter, la tía tenía unos huevos que para sí los quisiera. Entonces, si no era una niña moñas, ¿qué coño era? Pensaba que después de tanto tiempo de cazador tenía casi todas las clases de chica catalogadas. Desde luego que dónde él iba de caza no había chicas como esa. Le rompió los esquemas. Acabó ese día sin poder quitarle los ojos de encima, le había desconcertado, aunque siendo justos, el que fuese un cañón de tía, tampoco hizo nada de daño, le entró por los ojos antes que por ningún otro sitio, y aunque ella hubiese sido una pijita..... el polvo estaba de rigor. Lo que vino después no. Tías buenas hay muchas en este mundo, él ya se había tirado a unas cuantas, y nunca había sentido esa clase de curiosidad por ninguna. Había mucha tela que cortar detrás de esos ojos enormes, y ese culo tan bonito y tan bien puesto.

Lo suyo con Leo se puede definir como una colisión de trenes a cámara lenta. Se veía venir, pero no pudo hacer nada por evitarlo. Empezó con sexo. Después del primer polvo se dijo que iba a ser el último, que por muy bien que hubiese estado, acostarse con una compañera era una estupidez supina. Eso era así. Pero sus "uno más y se acaba" se le olvidaban en cuanto la tenía cerca. Así estuvieron casi medio año. No había semana en la que no se enrollasen un par de veces, no había vez que no se dijese que iba a ser la última, y no había vez que no volviese a caer. Sabía que si acostarse con una compañera era mala idea, acostarse con una amiga era un idea atroz, pero no lo podía evitar. Leo era la bombilla y él la polilla.

Acostarse con amigas no está bien, pero es que le gustaba muchísimo follar con ella. Mucho más que con ninguna otra, por eso siempre volvía a caer, con ella era algo distinto, había un rollo cómplice, que molaba un montón. Se anticipaban el uno al otro, sabían perfectamente qué, dónde, cómo y cuánto. Por eso le gustaban tanto los polvos con Leo, y el hecho de que además de intercambiar fluidos le gustase tomarse una copa con ella, o echarse una risa, era solo porque eran amigos, por nada más. No se estaba pillando de ella, ni ella de él. Eran solo amigos que de vez en cuando se daban un revolcón bien dado. Ni más ni menos. Por eso le había dado las llaves de su casa, porque eran amigos, por nada más, Mario también tenía una copia. Los amigos tienen juegos de llaves de sus amigos. No se estaba pillando de ella. Corso no se pillaba de nadie.

El rollo de amigos con derechos se acabó cuando una mañana, haciendo uso de las putas llaves, ella le cazó con dos tías medio desnudas. Dos a falta de una, como todo un campeón. Pedazo de trío que se montó. Jamás lo reconocería delante de nadie, pero mola mucho más en la teoría que en la práctica. Para ti es casi como tirarte a una, pero con la presión de tener que tirarte a dos, y oye, que ese stress no compensa el hecho de tener dos pares de tetas al alcance de la mano. Una y no más, santo Tomás. Para una tía con dos tíos, supone que debe ser bastante distinto porque ellas no tienen que... joder, se está desviando mucho del tema.

Teoría sobre tríos aparte, el caso es que ella se presentó en su casa y le pilló casi in fragrante delito. Junto con esos vaqueros que le tiró a al cara, iba una mirada enfadada, dolida y decepcionada. Él no le había prometido nada, así que ella no tenía porqué mirarle de esa manera, tampoco él tenía porqué haber sentido esa punzada de culpabilidad que sintió, ni tampoco tenía que haber sentido la necesidad de darle ningún tipo de explicación, ¿desde cuándo él daba explicaciones a nadie? No las llegó a dar porque ella no las quiso oír. Cuando al día siguiente ella le devolvió las llaves con esa misma mirada, cayó en la cuenta de que para ser tan listo, se había comportado como un idiota. Leo parecía tener la idea totalmente equivocada de que eran una especie de extraña pareja o algo así. ¿Cómo podía haberse equivocado tanto? ¿Pareja? ¿De dónde había sacado esa idea? Él con pareja... cuéntame una de indios y vaqueros, anda.

Así que dejaron de acostarse, y durante un tiempo las cosas se pusieron algo raras. Muy tensas. Había tensión por todas partes, alguna sexual, otra de otro tipo que no entendía bien. O no la trataba bien, o pasaba olímpicamente de ella, o era simplemente borde, o todas sus ideas en un caso le parecían estúpidas. No puede excusarse diciendo que lo hacía sin darse cuenta, porque era perfectamente consciente de que la estaba tratando mal. Ella no se lo merecía, pero él necesitaba marcar distancias, que quedase muy clarito qué había, y qué no había. Las confusiones no son buenas para nada, así que sintió la necesidad de marcar una línea en el suelo delimitando espacios, y no se le ocurrió otra manera de hacerlo. La sutilidad nunca ha sido lo suyo.

Llegó un momento en que se le fue la mano delimitando terrenos, y las cosas entre ellos se pusieron muy feas. Todo se precipitó durante el secuestro del padre de un futbolista famosete por aquella época, y del que hoy no se acuerda ni Cristo. De ser un poco borde con ella, pasó a comportarse como un verdadero hijo de puta. Se pasó muchísimo. La trató como el puto culo, la dio una caña que no se merecía, y prácticamente se descojonó de ella cada vez que no acertaba con sus ideas sobre el caso. Para remate apareció una periodista con la que se había enrollado un par de veces, y Leo fue y se puso celosa. Celosa, ¿Pero con qué derecho? ¿No se había enterado que no había absolutamente nada entre ellos, que por aquel entonces hasta lo de amigos les iba un poco grande? Él se podía tirar a quien le diese la gana sin necesitar su permiso, y ella no tenía ningún derecho a enfadarse o molestarse.

Leo nunca ha sabido disimular, y cuanto más celosa se ponía ella, más cabrón se ponía él. ¿Por qué lo hizo? Pues porque pudo. Porque le hacía sentirse poderoso que Leo sintiese celos por él. Porque aunque se había acostado con decenas de tías, ninguna se había puesto celosa antes. Porque es muy agradable que alguien te considere como alguien que merezca la pena. Porque le moló muchísimo la idea de que para ella no había sido una muesca más en la culata. Porque aunque le encantaba ser libre y la vida que llevaba, a veces se sentía un poco a la deriva, un poco solo. A veces le escocía que nadie se hubiese percatado que debajo de su despreocupación había algo más, sentía cómo que en realidad a casi nadie le importaba demasiado qué fuese o no fuese de él, y eso de que a ella si le importase... Por todo eso, y porque era un cabrón. Leo parecía no darse cuenta, pero no había nada de lo que sentir celos. Era un polvo más, algo de movimiento y si me acuerdo, no te ha visto. Al final la cosa acabó bien las cosas entre Leo y él empezaron a normalizarse, y el caso tuvo final feliz porque Leo tuvo una corazonada. Tiene pocas, pero de esas pocas hay que fiarse.

Después de eso, pasó de tratarla con indiferencia, a encontrarse dándola masajes en el cuello en medio de la unidad, besándola en su despacho, y contándola confidencias por los pasillos. La había sacado de su cama, la había intentado alejar a patadas, y el resultado fue que se le había colado en otra parte, y de ahí no sabia como sacarla, y aunque hubiese sabido... Poquito a poco empezó a ver a la persona que vivía debajo de Leo la poli dura. Una persona que iba de dura porque en realidad no lo era tanto. Una policía que a veces se comportaba con los sospechosos con demasiada brusquedad porque era una mujer guapa con pinta de cría en un mundo de hombres. Con su aspecto o eres así, o serás toda la vida la poli encantadora que lleva café, muy agradable, pero en la que no se sabe si se puede confiar cuando las cosas se ponen chungas. Leo no quería ser eso. Esa persona que fue descubriendo le gustaba mucho.

En un punto del camino dejaron de ser solo amigos, para convertirse en algo que no supo cómo llamar. Mario era su casi hermano, le conocía desde hace años, confiaba en él, estar a su lado le hacía sentirse seguro, pero había cosas de las que no le halaba. A Leo la conocía desde hacía poco más de un año, pero ya confiaba plenamente en ella, estar a su lado le hacía sentirse seguro, y le contaba cosas de las que jamás había hablado a nadie. Pero ella no era su medio hermana, a las medio hermanas no les quieres hacer las cosas que le quería hacer a ella. No sabía qué era.

Cumplió treinta, y los cambios se sucedieron uno tras a otro a velocidad de vértigo. Su mundo cambió, y él cambió con él. Un día que no tuvo nada de especial, algo hizo clic en la cabeza, y por fin comprendió qué era Leo. Le había llevado más tiempo de la cuenta darse cuenta qué pasaba porque resulta muy difícil reconocer lo que solo se conoce de oídas. Ya sabía qué era Leo, era la chica de la que poco a poco se había ido enamorando. La respuesta no le sorprendió tanto como hubiese dicho a priori. Era perfectamente lógico, la respuesta no tenía ni agujeros ni peros por ninguna parte, de nada le valió intentar negarlo. Podía cerrar los ojos un rato, pero la realidad seguía ahí al abrirlos. La quería.

Durante un tiempo no se atrevió a hacer nada, la idea le acojonaba, y, claro, para cuando se decidió a intentar algo, ya era tarde. "Estoy saliendo con Mario", y él no supo ni qué decir, ni qué sentir. Siempre había tenido la idea infantil y estúpida de que pasase lo que pasase ella siempre iba a estar ahí para él, esperándole de brazos cruzados a que se decidiese. Él sabía que a Mario le gustaba Leo, a todo el mundo en esa puñetera comisaría parecía gustarle Leo, a él, a Mario, a Molina, a los del laboratorio... pero, ¿que a Leo le gustase Mario? Eso si que no lo sabía. Veía cariño entre ellos, siempre lo había visto, pero no había visto nada más, y siguió sin verlo incluso cuando empezaron a salir. Intuía porqué estaban juntos, pero no quiso elaborar mucho el pensamiento, porque era un pensamiento que no le hacía mucha gracia. Aún así, cuando se descuidaba, el pensamiento asomaba las orejas y le hacía burla. Está con él porque tú le soltaste la mano, porque no estuviste ahí cuando necesitó a alguien, ¿cómo ibas a estarlo? Estabas demasiado ocupando escondiéndote en tu despacho pensando en cuánto te gustaría haberte quedado con ella como para hacerlo, así que ahora no te hagas el sorprendido, que pareces gilipollas. La mente es una cabrona, piensa aunque tú no quieras, y la suya tenía razón. Demasiada para su gusto. Leo se merecía un tío como Mario que estuviese ahí cuando le necesitaba, no un gilipollas asustado de sentir lo que sentía.

Debería haberse alejado de ella todo lo que pudo, pero no lo hizo. No pudo. Necesitaba ayuda con lo de su padre, pero no quería cualquier ayuda, no quería la de Mario, ni la de Rocío, ni la de Molina, ni la de Vázquez, quería la suya. Se lo pidió y, claro, le ayudó.

Se acercaron más que nunca. Jugó con fuego, y se quemó. Los dos lo hicieron. Si antes de jugar a los espías creía estar enamorado de ella, después de tres meses enteros compartiendo interminables vigilancias, repugnantes cafés en vaso de papel, bocadillos grasientos, confidencias a media voz, y horas, muchísimas horas a solas, acabó sintiendo algo tan grande que ya no sabía ni como llamar. El proceso de acercamiento con él tenía su reflejo en Mario. Ellos dos se acercaban, y Mario cada vez estaba más lejos, parecía un juego raro de campos magnéticos. Él se daba cuenta y, es horrible reconocerlo, pero le daba igual, porque la quería para él sólo. Era un cabrón, pero quería a Leo para él.

Una noche la besó, un beso chiquitín, una caricia de labios, y se dio cuenta de que nunca había besado a nadie así. Luego paso algo muy malo, un hijo de puta la violó y la destrozó. Las cosas cogieron velocidad, el abismo entre Mario y Leo se hizo enorme y se llenó de cocodrilos, estaban en dos galaxias distintas, en dos puntos opuestos del universo. Mientras, ellos dos, se fueron acercando todavía más, hasta que llegó el momento en que era imposible estar más cerca. Después la realidad, y su propio miedo a algo que de verdad fuese bueno se metieron de por medio, y lo mandó todo la mierda.

02 Crowd Surf off a Cliff / Surfear la multitud hacia un acantilado


Cursed with a love that you can't express / It's not for a fuck, or a kiss / Rather give the world away than wake up lonely / Everywhere and every way I see you with me / Crowd surf off a cliff / Land out on the ice / Crowd surf off to sea / float towards the beach / If you find me, hide me, I don't know where I've been

Maldito con un amor que no puedes expresar / No es por un polvo, o un beso / Mejor renunciar al mundo que despertarse solo / En todas partes, de todas las manera te veo conmigo / Surfear la multitud hacia un acantilado / Aterrizar en el hielo / Surfear la multitud hacia el mar / Flotar hacia la playa / Si me encuentras, escóndeme, no sé dónde he estado

Se aleja de los congelados bajándose la cremallera, ya está de vuelta al calor infernal. No quedaba ni un puto pastel de carne. Era de esperar. Había de todo menos lo que el quería. Ley de Murphy. En fin, ajo y agua. Hoy no ha podido coger lo que quería porque no había, hace siete años lo que quería estaba al alcance de su mano, y lo dejó atrás. Salió corriendo de lo mejor que le había pasado en muchos años, en realidad en toda su puñetera vida. Fue muy duro hacerlo, pero tal y como se quedó, no podía estar con nadie. Necesitaba quitarse toda la mierda que se había acumulado en él durante casi diez años. Con lo que tenía dentro no podía estar junto a ella sin hacerla sufrir. Y hacerla daño no era una opción. Seguramente había otros caminos que no implicaban largarse sin dar explicaciones, pero entonces no los supo ver, y ahora no quiere ponerse a buscarlos. Le da miedo encontrarlos tanto tiempo después, cuando ya no valen para nada. Sería excesivamente cruel.

Antes de largarse intentó despedirse, pero ella no le dejó. No quiso ni oírle. Cuando se acercó a su mesa, ni levantó la vista para mirarle, negó despacio con la cabeza, pero no le miró a la cara. Estaba claro que podía meterse su "adiós" por el mismísimo culo. No la culpa lo más mínimo, ese "compañera" que le había soltado hacía un rato, tenía que haberla dolido muchísimo No era su intención, él nunca ha querido herirla de ninguna manera. Había sido su manera cobarde de hacerla saber que de verdad se largaba. Era más fácil decir "compañera", y que ella sacase conclusiones, que decir "Leo, me voy ". Sabe perfectamente que se comportó como un cabrón cobarde y egoísta, nunca va a dejar de reprocharse su comportamiento, ella se merecía muchísimo más. Se merecía como poco, la verdad, no mierdas de "no me gusta estar demasiado tiempo en el mismo sitio" ¿Esa gilipolléz de dónde se la sacó? En su momento le pareció que sonaba bien, ahora le suena a mierda. Ella se merecía saber que se iba porque estaba muy asustado, y muy confuso, y muy perdido. Pero ya lo ha dicho, fue un cobarde, y no supo hacer otra cosa. No supo hacerlo mejor.

Cuando ella apareció de la nada y le abrazó de esa manera en la que solo le abraza ella, tan fuerte, tan cerca, y tan de verdad, tuvo que usar toda la fuerza que le quedaba para no besarla, decirle lo muchísimo que la quería, devolverla el abrazo, y no soltarla nunca. Ganó esa partida, no lo hizo. Ya en el ascensor, cuando no pudo seguir reprimiendo lágrimas, apretó la mandíbula, cerró los ojos, y dejó la mente en blanco. Luchó contra la necesidad de dar al stop, y volver arriba a por ella. También ganó esa batalla. A menudo se ha preguntado cómo hubiesen sido las cosas si se hubiese quedado. En su fuero interno está convencido de que habría salido mal, que a la larga habría acabado haciéndola mucho daño. Necesita creerlo, porque la posibilidad contraria, la posibilidad de que si se hubiese quedado, hubiese salido bien, y ahora podrían llevar siete años juntos, es excesivamente dolorosa.

No se quedó, no dio al stop. Siguió hasta la planta cero, salió del edificio, cogió el coche, compró una botella de Jack Daniel's, y se la bebió enterita en un parque al que nunca había ido. No fue a ninguno de sus sitios habituales porque no quería correr el riesgo de que ella le pudiese encontrar, y le pidiese que se quedara. Si se lo pedía, no iba a poder irse. Al día siguiente, bajo la mirada de desaprobación de su padre, metió algo de ropa en una mochila, se plantó en Barajas, y compró un billete de solo ida en el primer vuelo que salía esa mañana. Así fue como en vez de acabar en México, acabó en Buenos Aires.

Buenos Aires es grande, ruidoso, y está llena a rebosar de gente. Se parece un poco a Madrid en lo caótico, por eso le gustó. Le gusta el caos, forma parte de él. No le costó demasiado acostumbrarse a la ciudad, hasta le cogió un cariño que todavía hoy le dura. Además el bourbon en Argentina sabe igual, y las reglas del billar tampoco cambiaban, con eso le valía. Cuando llegó no supo cuanto se iba a quedar, tampoco donde iría después, lo único que sabía es que le valía todo el globo terráqueo menos Madrid. El único sitio prohibido era el único sitio en el que de verdad quería estar. Qué complicadas son las personas a veces. En Buenos Aires estuvo viviendo algo más de un año, de ese tiempo le quedan unas cuantas expresiones que suelen hacer sonreír a la gente, un deje perezoso que le sale de vez en cuando, afición por la lectura, un puñado de fotos en las que invariablemente sale solo, y un tatuaje nuevo.

Durante dos meses se limitó a comer, beber, fumar, y dormir. Lo primero cuando se acordaba, lo segundo en exceso, lo tercero compulsivamente, y lo último poco y mal. No se socializó con nadie, no tenía ganas de compañías de ninguna clase. Por decisión propia se convirtió en una especie de marginado social. Si la gente que dejó en Madrid le hubiese visto... mejor que no lo hicieran. Se había dejado el teléfono en España por si alguien le daba por intentar localizarle. No quería ser localizado, ni tampoco ver que nadie intentaba hacerlo. Si no tenía el teléfono se quitaba las dos posibilidades de en medio. La única persona con la que se puso en contacto en ese año fue con su padre. Le contaba lo bien que le iba todo, lo increíble que era Argentina, y lo poco que echaba de menos nada de lo que había dejado detrás. Estaba como quería, solo con sus miserias. Era inevitable que haciendo lo que hizo entrase en una espiral de culpa, casi de autodestrucción. Solo sabía verse como la causa de todas las cosas malas que habían pasado. Siempre se le dio bien eso de echarse las culpas. No es que le encantase ser un mártir, simplemente no lo podía remediar. No siempre había sido así, antes no entendía de culpas o responsabilidades, pero la muerte de su madre lo cambió todo. Empezó sintiéndose responsable de eso, y acabó culpándose de todo lo malo que le rodeaba. Si se hubiese esforzado, hubiese sido capaz de sentirse responsable de la muerte de JFK.

Estuvo muy entretenido, y es que motivos para sentirse culpable no le faltaron. Tenia una amplia gama de culpas de las que elegir. Con lo listo, y con lo intuitivo que se supone que era ¿Cómo coño pudo no haberse dado cuenta de que tenía delante de su puta cara al cabrón que había destrozado su familia? ¿Cómo pudo haber llegado a querer casi como a un padre al hombre que había matado a su madre y le había quitado a su padre de verdad? ¿Cómo? No lo entendía. Su cabeza era totalmente incapaz de asimilarlo. Dolía la traición de ese hijo de la grandísima puta, dolía su ceguera, y dolían todos los que se habían quedado por el camino. Se pasaba las veinticuatro horas del día hurgando en la herida. Era como cuando se tiene una yaga en la boca y no se puede evitar pasar la lengua por encima, aún a sabiendas de que va a escocer de cojones. No dejaba de pensar en lo que Vázquez se tenía que haber descojonado de él todos esos años. Le arruina la vida, y él como un soplapollas aún le agradece haberse ocupado de él esos años. Para cagarse.

Se sentía derrotado, miserable, estúpido, y terriblemente cansado de sentirse así. Pensó mucho en ella en esos primeros meses, y pensaba en "Ella", no en "Leo". Le quitó el nombre, pensar en "Ella" era más sencillo, dolía menos. A fuerza de no decirlo ni en su mente, tal vez acabaría olvidándose de su nombre, y por extensión de ella. Si, ese pensamiento como chiste, no tenía precio. ¿Cómo iba a olvidarse de su nombre si a veces podía oírla en su cabeza con tanta claridad como si la tuviese al lado? La oía diciéndole todas esas cosas que le solía decir cuando estaba jodido. Ni siquiera cuando no estaba físicamente a su lado le dejó solo, Ella nunca faltó a su promesa. Había una cosa que le decía con mucha frecuencia. "¿Cuándo vas a aceptar que eres humano?". Humano. No es fácil ser humano, es una putada. Humano. Serlo significa que te equivocas, y que no puedes abarcarlo todo, y que te engañan, y eso es malo, pero también que no todo es tu culpa, y eso no lo era tanto. También significa que no eres el centro del universo, solo uno más. Ella siempre ha sido muy lista, y siempre le ha conocido mejor que nadie. ¿Y si tenía razón? ¿Y si no era un gafe, ni una especie de ángel exterminador? ¿Y si solo era un hombre más? La semilla de la duda se plantó en su cerebro, y ahí se quedó agazapada.

Poco a poco, sin que se diese cuenta del proceso, la culpabilidad empezó a disolverse, a perder consistencia. Las pesadillas que tenía desde que se fue, pesadillas con Vázquez, con su madre, con su padre, con Gallardo, se fueron espaciando. Cada vez había más días de por medio, hasta que llegó un día en que s fueron del todo. Con Ella también soñaba, pero esos sueños no eran pesadillas. No, desde luego que no lo eran. Tampoco eran sueños guarros, ¿eh? Bueno, alguno subidito de tono hubo, pero eran los menos. Generalmente solo eran sueños bonitos. Y bonito era un adjetivo que quedaba tan lejos de lo que se había convertido su vida, que hacía esos sueños muy tristes. Lo único bueno que le quedaba, no era real.

Durante los primeros tres meses vivió en un hotel. Uno no demasiado bueno, pero tampoco demasiado malo. Un insípido término medio, con lo poco que le van a él las medias tintas. No le gustaba esa sensación de vivir ahí encerrado en una única habitación. No se sentía cómodo viendo a todas horas la maleta, la tentación de hacerla y largarse de nuevo a Madrid era muy fuerte. Así que se alquiló un apartamento en el barrio de Palermo. Tampoco en ese apartamento se sintió demasiado cómodo, pero por lo menos podía fumar donde le saliese de los huevos, y nadie le cambiaba las cosas de sitio al limpiar, básicamente porque no limpiaba casi nunca. Era bastante más bonito que el suyo de Madrid, más nuevo, y mucho más barato, además estaba cerca del puerto, y le gustaba darse una vuelta por ahí, tomarse una birra con el aire salado del mar. Aún sí, echaba de menos su casa destartalada con muebles de alquiler, su distribución surrealista, su baño pequeño y sin ventana, el salón minúsculo con su póster de Clint Eastwood, y tener que coger el metro para ver algo que no fuesen bloques y más bloques de casas. Lo echaba mucho de menos.

A los pocos meses, el no hacer nada le empezó a carcomer. Se sentía irritable, nervioso, y tenía un desasosiego que no le dejaba ni dormir. Él no vale para no hacer nada, lo descubrió en ese momento. No puede quedarse tumbado rascándose los huevos. Ahí surgió un gran escollo ¿Qué sabía hacer él a parte de ser policía? La respuesta le jodió. Nada. Niente. Nothing. Rien. Nichts. Ничего. Τίποτα. Dilo en el idioma que quieras, que la respuesta no cambia, cero pelotero. No sabía hacer otra cosa."Pues no te imagino haciendo otra cosa. Hay pocos policías como tú, Corso " La escuchó en su cabeza. Alto y claro, hasta le pareció oler a la mezcla de arroz chino, y colonia flotando en el interior del coche. Darse cuenta de eso fue un rodillazo en la entrepierna. No era justo que volviese a tener razón. Si tenía razón con eso, podía tener razón con más cosas, y todavía no estaba preparado para pensar en eso. La semilla de la duda siguió madurando.

En Buenos Aires no podía ser policía, así que se conformó con lo que se conforman casi todos los policías que por alguna razón no pueden serlo, seguridad privada. No le costó encontrar un trabajo de ese tipo. El primer día se preguntó qué hubiese pensado Ella si le hubiese visto de guardaespaldas de un empresario ricachón. ¿Se hubiese reído de él? ¿Le hubiese echado una bronca por estar malgastando su vida? El segundo día se preguntó por qué le importaba tanto lo que ella pensase o dejase de pensar de él si no iba a volver a verla. El tercer día se lo volvió a preguntar, y el siguiente, y al otro, y al otro.... Hasta que un día en vez de preguntarse nada, se enfadó con Ella. No tenía mucho sentido, pero no lo pudo remediar. Se enfadó muchísimo por el simple hecho de existir, por haber entrado en su vida, por haberle puesto patas arriba su universo, y porque aunque estaba a diez mil doce kilómetros de distancia, había sido incapaz de dejarla atrás.

Las mujeres argentinas son muy guapas. Están muy buenas. No sabe si esa latitud favorece el crecimiento del pecho, o si la silicona es un derecho constitucional básico, pero lo cierto es que el panorama por la calle era de lo más alentador. Además, ese acento lánguido tenía su morbo. Había conocido a unas cuantas minas desde que había empezado a trabajar de segurata, y más de una se mostró más que dispuesta a calentar la cama al gallego. En Argentina todos los españoles son gallegos. Con todo lo cañón que estaban las argentinas, y lo a huevo que se lo pusieron, si no se hubiese enfadado con Ella de la manera que se enfadó, si no se hubiese empeñado en expulsarla de su cabeza a golpes, jamás se le hubiese ocurrido llevarse a una a la cama. Eso pasó al sexto mes.

Se decidió por el tipo de mujer más opuesto a ella que pudo. Una mujer rubia de unos treinta y bastantes, ojos azules, tremendísimas lolas, y piernas de tanguista. Se llamaba Graciela, se lo oyó decir a una de sus compañeras, cuando la dijo que tenía una llamada de su ex. Era camarera en un bar de copas en el que su jefe hizo parada de "negocios" una noche. No hubo muchas palabras, ni demasiado cortejo, se echaron el ojo y eso les bastó para saber qué iban a hacer. Nunca antes se había follado a nadie con esa furia. Hasta ese momento no había sospechado que el sexo podía llegar a ser eso tan oscuro que probó con Graciela, que podía tener tan poco que ver con la búsqueda de placer. Más que un hombre, parecía un animal salvaje y rabioso. Más que besos, hubo mordiscos. Más que gemidos, gruñidos. Caricias no hubo, pero tampoco nada que la sustituyese, mejor así. Es difícil sustituir una caricia. Cuando acabaron de follar, ella saltó de la cama, se puso la ropa, y le dijo que, si le apetecía, al día siguiente salía de trabajar a las dos y media. No le apetecía, pero estuvo esperándola a la salida del trabajo durante casi un mes. Todos esos días la escena fue la misma que la de la primera noche, iban a su apartamento, follaban como salvajes, y ella se iba. Sin palabras cariñosas, sin promesas, y sin miredas. Solo eran un hombre y una mujer cubriendo necesidades. Ella buscaba diversión después de muchos años en una relación estancada. Él buscaba alivio, pero no físico, eso lo podía hacer él solito bastante bien, tenía práctica, y cuánto más se esforzaba en encontrarlo, más lejos estaba de hacerlo. Hablaban poco o nada, de ella solo supo lo que tenía que saber, que le gustaba follar con él, y que solo esperaba un buen rato. Eso era perfecto.

Tenía que olvidarse de chorradas de "quiero estar contigo", o"eres la chica más preciosa del mundo" y asumir que eso era parte de otra vida que ya no era la suya. Esa chica tan preciosa no era para él. Cuando pensó que si, que Ella podía ser suya, no pensaba claro. Solo fue un espejismo. Él nunca podría tener nada duradero, porque todo lo que se acercaba a él se destruía, se corrompía, moría o sufría. Y eso no iba a dejar que le pasase a Ella. No era negociable. Para él no eran las mujeres con las que podría llegar a ser feliz, las que esperan algo de más allá de un par de orgasmos, las que confiaban en que haría lo correcto. Ese no era mundo. Para él eran las que esperaban de él un par de copas, unas risas, y unos cuantos polvos. Las de una noche. Las que solo sabían su apellido, o directamente no le ponían nombre, las que no le llevaban la cena a un coche, las que no le decían que no le iban a dejar solo. A esas mujeres no se les podía hacer daño, de esas no se iba a enamorar nunca, por eso era seguro estar con ellas.

Estar en la cama con Graciela era tan distinto a estar con Ella, que no parecía ser ni la misma cosa. El sexo con Graciela y con Ella era distinto a todos los tipos de sexo que había probado, y no podían se más distintos entre ellos. Con Ella todo era como una explosión luminosa, con Graciela era todo oscuridad. Con Ella un orgasmo era una especie de volcán, con Graciela algo lúgubre, una especie de fracaso líquido. Eran el faro y el pozo. No podían estar más lejos la una de la otra. Ella y Graciela. Graciela y Ella. Eran las dos caras de la misma moneda, sus dos caras. Lo mejor de él, y lo peor de él, reflejado en dos mujeres. No le gustaba el lado de si mismo que Graciela reflejaba. El sexo puede ser solo sexo, o puede ser más cosas, puede ser lo mejor de ti mismo, o puede ser lo peor. Todo depende del motivo, porque los motivos importan y mucho. Los motivos lo cambian todo. Hay muchos válidos, necesidad física, atracción irrefrenable, amor... él ha probado todos de esos motivos. Algunos son mucho mejores que otros, pero todos son buenos. Todos hacen del sexo lo que debe ser, algo natural, una especie de celebración, ya sea del amor, o de los instintos más animales. Los motivos por los que se acostaba con Graciela no entraban en ninguna de esas categorías. Se la tiraba porque quería joderse la vida. No había más vueltas que darle. Se había convertido en un masoquista, y ella, sin saberlo, le estaba asistiendo en una especie de suicido sexual. Suicidio sexual, un crimen ni la mitad de divertido de lo que el nombre de a entender. Él no quería ser esa persona autodesctructiva, y obsesiva. Él no era así. No era un mal tío ni de lejos, y eso él lo sabía de sobra, no se merecía lo que se estaba haciendo. Y Graciela, aunque tampoco le había pedido nada, ni quería nada, y no parecía tener ni idea de qué iba la vaina, tampoco se lo merecía. Nadie se merece que otra persona le utilice para destruirse, sea de la manera que sea. Dejó de presentarse a la salida del pub cuando un día mientras estaba con Graciela, fantaseó con la idea de que estaba con Ella. Por ahí si que no pasaba.

Ese día se pilló el pedo del siglo. Estuvo de procesión de bar en bar, intentando calmar a base de bourbon una sed que no se iba a ir con ninguna clase de líquido. No recuerda haber vuelto a su apartamento, solo sabe que se despertó en el suelo de su dormitorio con un dolor de cabeza monumental, y un tatuaje en su muñeca derecha. En una bonita caligrafía que parecía arábica decía "Leo". Se pasó unos cuantos días mirarse la muñeca, no recordaba el momento en que se lo hizo, ni tampoco porqué. Seguía decidido a dejarla sin nombre.

Empezó a quedarse despierto hasta muy tarde en compañía de una botella, a no cuidarse, a comer cada vez peor, y a llegar tarde a trabajo. Le llegaron a dar un toque de atención por la pinta que gastaba con esa barba espesa y descuidada, y los horarios que se traía. Le hubiese dado igual que le despidiesen. Cada vez estaba más metido en su espiral de autodestrucción, y ya no sabía cómo ponerle freno. La experiencia con Graciela solo echó más leña a su monumental cabreo con Ella. Le había jodido, le había dejado muy, muy tocado, prácticamente hundido. Por su culpa, las cosas que antes le bastaban para ser feliz, juerga, beberse la noche, o el sexo por el sexo, ahora no valían una puta mierda.

Él no había pedido nada de eso, joder. Nada. Estaba muy bien como estaba antes, no tenía nada, pero es que tampoco quería nada. Y ahora no tenía nada, pero lo quería todo. Ese enfado fue injusto, egoísta, y hasta cruel, pero no pudo evitar sentirse como se sentía. No era justo que alguien llegase y le hubiese dado la vuelta a su vida sin que nadie le haya pedido permiso. Él nunca había necesitado a nadie, no entendía cómo las cosas podían haber cambiado tan brutalmente.¿Cómo no iba a estar rabioso con ella? ¿Qué se creía que esos ojos enormes y esa sonrisa le daban derecho a ponerle la vida manga por hombro? Él no había pedido enamorarse de Ella.

Pero es que no se llamaba Ella. Tenía nombre, y lo de quitárselo es la segunda mayor estupidez que ha visto en su vida. ¿Si se olvidaba de su nombre se iba a olvidar de todo lo demás? Si, seguro que si. Llegó el día en que se atrevió a decirlo. Leo. Se llamaba Leo. Leonor. Leo. Se acostumbró a toquetearse los trazos del tatuaje mientras formaba su nombre con los labios, pero sin llegar a decirlo en alto. No había querido enamorarse de Leo, pero había pasado. Se había enamorado de ella, y ella de él, y seguro que ella tampoco había pedido eso. Nadie pide enamorarse de alguien como él. Tampoco había pedido que le dijese que quería estar con ella solo para largarse dos días después. La había fallado, y la había hecho daño, pero al menos no la había mentido. Quería estar con ella, solo que le daba miedo hacerlo. No era fácil reconocerlo, pero así era, le asustaba Leo y todo lo que ella implicaba. Estar con ella era implicaba la posibilidad de hacerla sufrir si era cierto eso de que no sabía querer, y ese era un fracaso que no podía permitirse.

Mejor la hubiese ido si se hubiese enamorado de otro, de cualquier otro, hasta de ese otro que prefería no decir. Pero no, se tuvo que enamorar de él. ¿Qué cojones le veía? No se había enamorado de él porque fuese más o menos guapo, o bueno en la cama, o divertido, o simpático. Todas veían eso, y ninguna se había pillado de él de esa manera. Si, alguna se había encaprichado, pero ningún caso tan grave que un par de veces sin coger el teléfono no curase ¿Qué era entonces? Tenía que haber algo más. Ella no era idiota, así que algo tenía que haber. ¿Qué? No se le ocurrió ninguna respuesta. Hacían falta sus ojos para descubrir eso que solo ella parecía ver. Le gustaría ser esa persona que ella veía cuando le miraba. Le gustaba ese Corso que había empezado a ser y que ahora no estaba por ninguna parte. El que aunque seguía sin dejar de ser él, no era un irresponsable, el que no era solo un chulito de pose, el que podía ser cariñoso, el que daba lo mejor de sí mismo. Esa persona que se escondía debajo de Corso y que ella había hecho salir poquito a poco. ¿Dónde cojones estaba ese Corso ahora? A él también le echaba de menos, tenía que intentar encontrarle al menos a él.

Una mañana se levantó de la cama, se afeitó la barba, tiró todo el alcohol que había en su apartamento, y salió al correr al puerto. Empezó a llegar al trabajo antes de sus horas, se quitó de encima los quilos de más que había echado a fuerza de comer mierda a deshoras, y siguió adelante. Se volcó completamente en su trabajo, un trabajo que aborrecía, y se esforzó en no pensar y en no sentir. Por unos meses la idea resultó. Se cargó tanto de trabajo que no tenía tiempo ni para rascarse el culo. Como efecto colateral de las horas extras, los Pesos de su cuenta corriente aumentaron notablemente, cosa normal teniendo en cuenta que solo gastaba en el alquiler, comida y tabaco. El poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a correr, y a algo que jamás había pensado en hacer. "En realidad, deberías leer más en general". Si Leo lo decía, seguramente era verdad.

Ella leía bastante, así que no debía de ser ni tan malo, ni tan aburrido. Le pareció una buena manera de mantener a raya los pensamientos indebidos, además siempre le han ido las experiencias nuevas. Leer era algo que nunca había hecho por gusto. Era un reto, y a él siempre le han ido los retos. No había terminado de elaborar el pensamiento, cuando bajó a la tienda prensa de abajo y, después de rebuscar un rato, eligió unos cuantos libros finos, de aspecto nada intimidatorio. Eran cuentos según la contraportada. A todo el mundo le gustan los cuentos aunque se sea mayorcito. Los había escrito un tal Borges, pero no era ni el de los frutos secos, ni el de los dibujos de los periódicos. Eran de un Borges que casualmente era de Buenos Aires. En esos cuentos no salían ni dragones, ni princesas, ni castillos. Ni falta que hacía, estaban muy bien como estaba. Le encantaron. Esas historias que no llegaban a veinte páginas cada una le atraparon. Parecían cortos, pero en realidad eran muy largos, porque no acababan con el punto final, lo mejor de esos cuentos venía después de acabarlos. A esos cuentos como a la vida, había que darles muchas vueltas para entenderlos. No te lo daban mascados. Le gustaba rumiarlos mientras cuidaba de su jefe en todo tipo de aburridos actos sociales. Cada noche llegaba a casa, se duchaba, cenaba cualquier cosa, y se iba a la cama con un libro. Hacía dos años, se iba a la cama con todo tipo de chicas, ahora se iba con un señor que llevaba más de cien años muerto. Hay que joderse. Quién le había visto, y quién le veía.

Poco a poco, el trabajo perdió su poder anestésico, los libros le ayudaban a distraerse, y a dormir, pero poco a poco se le fueron colando sueños que hacía meses que no tenía. Recordaba y reinventaba situaciones que hubiese preferido no volver a ver. No porque fuesen malas, sino por todo lo contrario, eran sueños en los que invariablemente salía Leo. Hiciese lo que hiciese era incapaz de sacársela de la cabeza. Paulatinamente ir a trabajar cada día se fue haciendo una tortura, llegó el día en que fue consciente de lo muchísimo que odiaba ese trabajo. Era un trabajo absurdo e insípido que hasta un mono medianamente listo podría hacer. Revisaba aparcamientos antes de que el jefe entrase con el coche, ojeaba listas de invitados, se plantaba detrás de él en las ruedas de prensa, alejaba moscones. Era la niñera del dueño de una tabacalera. Una niñera con traje oscuro, gafas de sol y un pinganillo tras la oreja. Tal vez para otra persona hubiese sido el trabajo de su vida, y lo cierto es que si él hubiese querido, si hubiese sido otro, habría vivido como un rajá. Iba de fiesta en fiesta detrás de su amo, todas las niñas monas se le acercaban, y el suelo era extremadamente bueno. Con veinte años hubiese matado por un trabajo así, con treinta se moría. Esa no era su vida. Así que se despidió sin avisar, le ofrecieron subida de sueldo, coche de empresa, más vacaciones... no quiso ni oír hablar de nada de eso. No es no, y no hay más que hablar. No necesitaba ni más dinero, ni ningún tipo de privilegio, necesitaba oxígeno, volver a sentirse vivo. Se estaba convirtiendo en un cadáver andante, se moría poco a poco.

Era Navidad, verano en Argentina, una buena época para irse a la playa. Llevaba más de un año fuera de casa. Tuvo que esforzarse para no pensar como estaban siendo esas fiestas para la gente que se había quedado en España. Anda, que también tuvo buen ojo para escoger la época en que se largó. Con el sabor de la tristeza y la nostalgia en el paladar, cogió una mochila con algo de ropa, dejó pagado el alquiler de un mes del apartamento, y se largó a ver cómo era eso del Mar del Plata. Sonaba bien, como a película de piratas, a tesoros en cofres, a emociones, a algo blanco, dorado, y azul. A promesa de algo mejor esperándole a él, y solo a él.

En el Mar del Plata no había piratas, ni tampoco cofres. Lo que si había era muchas cosas emocionantes que hacer, y él las hizo todas. Surf, wind, snorkel, trekking, escalada, motos de agua... Siempre le han gustado esas cosas que te hacen soltar adrenalina. Se encontró con que era muy difícil divertirse si no tenías a alguien que se riese de ti cuando te caías agua y te bebías medio Atlántico, alguien que te haga pensar en desatar nudos de pareos y bikinis, alguien que se agarre a ti desde la parte trasera de la moto de agua y te haga cosquillas con el pelo. En el Mar del Plata, en Buenos Aires o en Murcia, daba igual, se sentía igual de solo. Se daba unas palizas tremendas por el día para dormir bien por las noches, porque cuando se metía en la cama, en esa cama de dos metros de largo para él solo, sentía que el colchón se le tragaba. En su mismo hotel había un montón de grupos y parejas que había ido a despedir el año en la playa, ee pasó Nochebuena, y Nochevieja tirado en su cama oyendo los ruidos que llegaban de abajo, la música, el murmullo de las conversaciones, los ecos de las risas, la gente pasándoselo bien. Viviendo. Él se ponía a pensar en lo distinto que sería todo si ella estuviese en lado vacío del colchón. Tal vez si ella estuviese, estarían abajo recibiendo el año con todo el mundo, o no, puede que estuviese en el mismo sitio pero de una manera muy distinta. Estarían pasándoselo bien, riéndose. Le cayó como una piedra el darse cuenta de lo muchísimo que echaba de menos el sonido de su risa. Empezó a soñar noche si, noche también que hacía la maleta y volvía a casa. Lo veía con toda claridad. Se plantaba delante de su puerta en medio de la noche, ella abría, le miraba con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, él la abrazaba, y ella le perdonaba. Happy Ending.

Un día cuando ya llevaba diez días de vacaciones, se encontró sentado en la playa. Hasta entonces el día había sido de lo más corriente, uno más de sus emocionantes vacaciones. No había visto nada especial, nadie le había dicho nada especial, el cielo no estaba de ninguna manera especial, y desde luego él no se sentía especial. Se encendió un cigarro, pretendía fumárselo y después ponerse a leer un rato. Le gustaba eso de leer a última hora de la tarde en la playa, a esas horas no había nadie, y era como si todo lo que veía fuese solo pare él. Aspiró el humo del cigarrillo, y le supo raro. No era su marca habitual, había comprado Camel en vez de Marlboro. Leo fumaba Camel, por eso de vez en cuando él también, no estaba seguro de porqué lo hacía, y además era una estupidez, pero le daba igual. Lo hacía y punto. Con Leo en la mente miró la portada del libro, Patente de Corso, el título le hizo coña y por eso lo compró, además creyó que iría de piratas. Craso error. Pensó en qué cara pondría si Leo le viese así, apunto de leer.

No supo si era por algo que comía en el desayuno o qué cojones, pero ella siempre tenía razón respecto a él. Siempre. Solo era humano, solo sabía ser poli, y, si, debía leer más. Le tenía muy calado, más de lo que quisiera según le dijo una vez. Fue en ese momento cuando algo que llevaba en el fondo de su mente trece meses empezó a echar brotes. SE vio en un bar sentado en torno a un barril, Leo a su izquierda, el sabor de su beso aún en los labios,"Alguien que me conoce muy bien, cree que no soy capaz de creer" "Pues yo creo que se equivoca". Tajante, sin titubeos, incluso una mirada de extrañeza en sus ojos. Le miró como si se preguntase quién podía haber dicho eso. Ella creía que se equivocaba, creía que era capaz de querer. ¿Y si tenía razón también en eso? ¿Y si estaba tirando a la basura la oportunidad de su vida por una sombra en la pared? Mario le conocía bien, pero solo hasta dónde él le había dejado. Leo no se había conformado con eso, ella se había metido en su cabeza y había hurgado todos los cajones. Leo sabía qué había y qué no había. Conocía todos sus yos. Le conocía casi mejor que él mismo, iba diez pasos por delante de él. Dio una calada al cigarro y miró al mar.

Notó en la punta de la lengua la respuesta al misterio que le había llevado a Argentina. Se concentró en la superficie del agua, era plateada. Lógico, de ahí el nombre del sitio, si hubiese sido dorada... pues entonces no sería agua, ¿o si? ¿Cuántos litros habría en este mar? ¿Y en todos los mares del planeta? Muchos, tenía que haber muchísimos ¿Cuatrillones? ¿Septillones? ¿Y personas en el mundo? Muchas, muchísimas, y él era otro más. Uno más en la multitud. Una gota de agua en el mar. No era nada de lo que pensaba que era cuando llegó hacía ya más de un año. No era un agujero negro que se tragaba todo lo que se le acercase. No era una fuerza destructora. No era el centro de una tragedia griega. No era un imán para lo malo. Si no era nada de eso, ¿qué cojones era? La respuesta llegó sola. Era un humano que solo valía para ser policía, que debía leer más, y que además era perfectamente capaz de querer. Ese era el gran misterio, y solo había tardado un año en resolverlo. Bravo, campeón.

03 The train song / La canción del tren


 
It's so many miles and so long since I've met you / Don't even know what I'll say when I get to you / But suddenly now, I know where I belong / It's many hundred miles and it won't be long /What will I do if there's someone there with you  / Maybe someone you've always known  / How do I know I can come and give to you  / Love with no warning and find you alone?
 

Son tantas millas y tanto tiempo desde que te conocí / Ni siquiera sé que te diré cuando llegue a ti, / Pero de repente ahora sé dónde pertenezco / Son muchos cientos de millas, y no tardaré / ¿Que haré si allí hay alguien contigo? / Tal vez alguien que hayas conocido de siempre / ¿Cómo sé que puedo llegar y darte / Amor sin previo aviso y encontrarte sola?


Con la misma precipitación con la que se fue, volvió. Aterrizó a las seis y media de la mañana un once de enero del dos mil nueve en medio de uno de los inviernos más fríos que recuerda, aún así no echó de menos ni un segundo el calor que acababa de dejar atrás. El paseo en taxi desde el aeropuerto le dejó boquiabierto, la Castellana estaba nevada como en la vida, plaza Castilla parecía un campo de juegos de nieve. Parecía más Siberia que Madrid. Estaba bonito, que coño, estaba precioso. El taxista debió tomarle por extranjero, y le dio una tremenda e innecesaria vuelta. Le dio igual. Le gustó ver una somnolienta Madrid desperezándose poco a poco. Era como volver a una vieja amiga a la que no esperabas volver a ver. Cómo había echado de menos las calles, el ruido, la contaminación, los atascos... de dónde venía había de todo eso, si, pero no es igual que el del coche de al lado te grite "hijo de la gran chingada" , "Andá a lavarte la concha" o "boludo", a que directamente se caguen en tu puta madre. No es lo mismo. Estaba en Madrid. Estaba en casa.

Se registró en un hotel de la zona de Chamartín, no eran horas de andar molestando a su pobre padre, y él ya no tenía ningún apartamento al que volver. En el hotel estuvo tan solo lo que le llevó darse una ducha y ponerse algo limpio. En su cabeza había solo una cosa que hacer. Tenía gracia, había dejado pasar un año, y en ese momento le entraron las prisas, le daba la impresión de que cada segundo contaba. Estaba casi taquicárdico, al borde del infarto. Había empezado a tener pensamientos nuevos en el avión, y no podía acallarlos. Había empezado a pensar que aunque él se hubiese pasado un año anclado en ella, ella podía haber seguido adelante sin él. Y eso le aterraba.

No se dio cuenta de que era domingo hasta que al entrar en la comisaría vio la tranquilidad que había. Es lo que pasa cuando no se trabaja, y se arrastra un jet lag de trece horas, que se pierde la noción de los días de la semana. De todos modos subió hasta la unidad para ver si estaba de suerte y tenían entre manos algún caso urgente. No fue el caso, en la unidad no había absolutamente nadie. Todo estaba desierto, y todo estaba exactamente igual que lo recordaba. La misma disposición en las mesas, la pizarra en medio. Sonrió como un bobo al volver a estar ahí. No pudo resistir la tentación de entrar en su antiguo despacho. Quitando que sobre su mesa había una foto de Molina con su mujer y sus hijos, todo estaba igual. Al final lo había conseguido. Molina por fin era el jefe. Se alegró por él, se lo merecía. Se le imaginó con su corbata marrón detrás del escritorio, con su sorna y su aire de erudito en zapatillas de andar por casa, y la sonrisa se hizo aún más grande.

Cuando salió de la comisaría, media hora más tarde, ya no quedaba rastro de sonrisa. Se había encontrado con Requena en el vestíbulo, y tras un efusivo saludo le había contado muchas cosas. Ninguna le hizo excesiva gracia. La nieve en el Paseo del Prado que había visto hacia un rato no fue lo único inesperado. El tiempo no se había detenido, y él había sido un pobre idiota al pensar lo contrario. Las ruedas de la gran maquinaria habían seguido girando, y acababan de aplastarle. Leo no le estaba esperando dónde la dejó. Ya no trabajaba en esa unidad, ni en esa comisaría desde hacía meses. Se había ido. Había seguido adelante con su vida. Ya ni siquiera era la subinspectora Marín que dejó, ahora era la inspectora Marín. Lo había hecho, se había presentado a las oposiciones para inspector que se convocaron en enero del año pasado, y las había aprobado. No solo había aprobado, había quedado entre las diez primeras de la promoción. Estaba trabajando en la central de Policía de Canillas, acabando el periodo de prácticas, y por lo que Requena dijo, estaban encantados con ella. La inspectora Marín. Esa era su Leo, ella no valía para conformarse con ser la mejor subinspectora. No había nacido para jugar en segunda división. Se sintió tremendamente orgulloso de ella.

Habían pasado más cosas. De lo que la Unidad Siete había sido, solo quedaba el nombre, Rocío y Molina. Todo lo demás había cambiado. Poco después de que él se largase, y Leo se fuese a Ávila, Mario había solicitado un traslado a otra división, a la Brigada de Investigación Tecnológica. Delitos informáticos y cosas de esas. Eso era muy de Mario, siempre se le habían dado bien esas cosas. Por lo menos no se había ido muy lejos, seguía trabajando en la misma comisaría, solo que un par de plantas más abajo. Con tres bajas, la unidad Siete había cambiado mucho, ya no era la unidad más resolutiva, no es que Molina y Rocío fuesen malos policías, ni de lejos. Era solo que el equipo era una maquinaria que funcionaba en perfecto equilibrio, y sin esas piezas, pues se había convertido en otra cosa. El pensamiento de esos tres nuevos desconocidos que se sentaban en sus mesas y hacían su trabajo, le cayó como un jarro de agua fría. Había esperado encontrar todo exactamente igual que lo dejo, todo esperándole a él para seguir su curso... y se encontró en una especie de universo paralelo en el que nada era como solía ser. Hasta el café de máquina que sacó Requena sabía mucho mejor de lo que recordaba. Había vuelto, ¿pero a dónde? ¿a qúe?

No resulta fácil aceptar que la vida sigue estés o no estés. Ni eres imprescindible, ni el centro del universo, solo eres una pieza más. Cambios, cambios, cambios. I'm going through changes, como dice la canción de Black Sabbath. ¿Hasta dónde? ¿Qué más había cambiado? Todo podía haber cambiado. ¿Es un año suficiente para olvidar a alguien? Para él desde luego que no bastaba ni para empezar, pero... no sabía que suponía un año para ella. No tenía ni puta idea. Si hubiese tenido algo en el estómago hubiese vomitado sin remedio. Después de mucho andar, y de muchos cigarros fumados con ansia, se encontró delante de un montón de chapa pintada de rojo que hizo que el corazón se le acelerase. Tuvo la necesidad de acariciarlo, llenándose los dedos de mierda con el estúpido gesto. Un coche es solo un coche, nada más. Un coche no refleja nada. Que ese Peugeot rojo no hubiese cambiado, no significaba nada. Que siguiese viviendo en el mismo sitio tampoco. Le hubiese dado igual que tuviese un SEAT León azul, y viviese en otra parte. Eso era lo de menos, lo de más era que no sabía hasta dónde podían haber llegado los cambios en su vida. Le aterraba que en el nuevo panorama ya no hubiese sitio para él. ¿Y si no estaba sola? ¿Y si había encontrado a alguien que no tomase decisiones por ella? ¿Alguien que no tuviese miedo de no saber quererla? ¿Y si llamaba a su puerta y le abría un tío? ¿Qué cojones iba a hacer entonces? ¿Decir que solo pasaba para saludar? ¿Y si ella no quería saber nada de él?

Cuando ese domingo de enero a las nueve y media de la mañana llamó a su puerta, no fue ningún tío, desconocido o conocido, quien abrió. Fue ella. Estaba más delgada, y llevaba el pelo bastante más largo, todo lo demás seguía igual. Los mismo ojos, la misma boca, los mismos gestos. Con su cara de sueño, el pelo revuelto y ese pijama que llevaba puesto, le pareció más preciosa que nunca. Lo más bonito que había visto en un año entero. Por un segundo le pareció que no habían pasado trece meses si no trece horas desde la última vez que la había visto. Por un segundo fue todo como en esos sueños que solía tener, hasta su carita de incredulidad. Le miraba como si él fuese una especie de aparición. Después las cosas no salieron según su guión. Ella no se lanzó a sus brazos, ni le dio un beso, ni siquiera le sonrió. Lo que hizo fue cruzar los brazos sobre el pecho, como si buscase un parapeto, y retroceder ligeramente. Como si el mismísimo demonio acabase de llamar a su puerta.

- ¿Estás sola?- intentó ablandarla con una frase conocida.

Vio un "¿a ti que coño te importa?" bailando en sus ojos.

- ¿Tú qué coño haces aquí?- la pregunta fue gélida

En sus sueños no decía eso. No se esperaba esa frase, le pillo con el culo al aire, y le ocurrió algo horrible, fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Todo lo que quería decirle se le borro de la mente, igual que cuando estás en un examen final y los nervios te traicionan. Solo pudo quedársela mirando mientras de su boca solo salían balbuceos como si le faltase un hervor.

- Yo... Tú.. te...

Frustrado por ser incapaz de articular las palabras, hizo un ademán con la bolsa que sujetaba la bolsa de papel que llevaba en la mano, y ella debió pensar que se la estaba ofreciendo, porque la miró con ojos de incredulidad, resopló con aire de hastío, y empezó a cerrarle la puerta.

- No, no, no, no, no, no- detuvo la puerta con las manos- Escúchame, escúchame, por favor, escúchame.

El movimiento de la puerta se detuvo, y ella le miró con gesto de cansancio.

- ¿Qué cojones quieres, Corso?

- Quiero estar contigo.

Ella soltó una risita amarga que se le clavó en el corazón, y asintió.

- Ya, bueno, pues te podías haber ahorrado el viaje- lo dijo mirándole a los ojos, y con una frialdad que nunca antes la había visto ni oído.

Por si no había entendido bien el mensaje, subrayó sus palabras cerrando la puerta en sus narices. Sin portazo, un movimiento lento, inexorable, y gélido. Fue una patada en los huevos, la más dolorosa y merecida que le han dado nunca. Así funciona la vida, no siempre consigues lo que quieres.

Cuando, días después de presentarse en casa de Leo, el terremoto de su cabeza se serenó un poco. Se dio cuenta que tenía una vida por reconstruir. No tenía trabajo, no tenía piso, no tenía coche. Tenía que ponerse en marcha. En Argentina le quedó muy claro que él no había elegido ser policía, que ser policía le había elegido a él. Así que no podía conformarse con otra cosa, no había sustitutivos. Requena puede ser un gilipollas, pero en el fondo es un buen tío. A las dos semanas de haber vuelto, le hizo una oferta que no pudo rechazar. Reintegrarse a la Policía Judicial con el mismo rango que tenía. Le habló de una unidad nueva que en unos cuantos meses se iba a poner en funcionamiento, y cómo él encajaba como un guante en el perfil. No necesitó mucho trabajo para convencerle. ¿Cómo iba a decir que no? Hubiese vuelto incluso de agente raso. Mientras la unidad nueva llegaba o no llegaba, se encontró trabajando una temporadita sustituyendo a un inspector en la unidad cinco. Entre asesinatos y homicidios, volvió a sentirse vivo.

Alquiló un estudio, y con todos los pesos de su cuenta se compró un coche, un pick-up aún más grande y más chulo que el anterior. Empezó casi de cero. De su otra vida solo rescató algunas cosas. Algunas estaban guardadas en cajas de cartón en casa de su padre, otras eran demasiado grandes para meterlas entre cartones. Mario, por ejemplo. En ese año no habían hablado ni una sola vez, y las cosas entre ellos quedaron en una situación bastante delicada, le había hecho la putada del siglo, y luego se había largado. Cualquiera en sus cabales le hubiese mandado a tomar por el mismo culo en cuanto le vio. Mario no lo hizo. Hubo un abrazo, una bronca por haberse largado, otro abrazo, más bronca por lo mismo, y, finalmente, otro abrazo. Costó que la relación despegase de nuevo, al principio el fantasma de Leo siempre estaba flotando a su alrededor, pero con el tiempo, el cariño ganó a todo lo demás. Al señor Molina y a la señorita Rocío también los rescató de su pasado. La escena fue la misma, abrazo, beso, bronca, y vuelta a empezar unas cuantas veces. Con ellos fue más fácil, no estaba el escollo de Leo. Aunque ya no trabajaban juntos, todos habían seguido manteniendo el contacto. Comían juntos de vez en cuando, unas cañas, cosas de esas, por supuesto él se apuntó a todas y cada una de esas reuniones familiares. Les había echado muchísimo de menos. Muchísimo.

Cuatro meses después de haber vuelto a la Policía, la cacareada unidad de Requena, la Unidad A como se llamaba, se debieron quedar sin números, se puso en marcha. La montaron en la última planta de la comisaría, y todo era nuevo, brillante, y con cierto halo de ciencia ficción. La A había nacido como respuesta a que los crímenes eran cada vez más violentos, se dedican a limpiar la mierda que peor huele de la sociedad, y hacerlo de manera rápida, eficaz, y precisa. De vez en cuando se salía fuera de Madrid, lo que era divertido y reportaba unas dietas muy interesantes. El jefe le pareció un ridículo en cuanto le vio. Con esa pinta que tenía, era difícil tomársele en serio. Mediría dos metros, delgado como un Don Quijote, pálido como un sueco, y propietario de una mata de pelo color panocha cortado a cepillo. Lo mejor era que pese a la pinta, era de Albacete. Eso si, la madre era holandesa, por eso la pinta y el nombre. Se llamaba Johan. Johan dejó de parecerle ridículo cuando le vio interrogando a un sospechoso, nunca había visto nada así. Ha aprendido mucho de él, entre los numeritos que aprendió de Molina, y los que aprendió de Johan, ahora es capaz de hacer cantar a las piedras.

04 You can't always get what you want/ No siempre consigues lo que quieres


You can't always get what you want / You can't always get what you want / You can't always get what you want / But if you try sometimes well you just might find / You get what you need / Oh baby, yeah, yeah!

No siempre puedes conseguir lo que quieres / No siempre puedes conseguir lo que quieres / No siempre puedes conseguir lo que quieres / Pero si lo intentas, algunas veces puedes encontrarte / Que consigues lo que necesitas /Oh cariño, si, si!


Con la resignación de que esa noche no va a haber pastel de carne para él, se centra en hacer lo que ha ido a hacer, que no es precisamente ir de compras. Ha llegado a casa y se la ha encontrado vacía. Solo le ha recibido una frase en la pizarra magnética que de la puerta de frigorífico. "He salido a comprar, enseguida vengo". Casi se lía a tortas con la pizarrita. Le ha jodido que no estuviese, hoy nada va como a él le gustaría. No se ha quedado a esperar, ha pasado rápidamente por el baño, y se ha plantado en el super. Según la pizarra delatora necesitan leche, naranjas, café y yogures, así que en alguno de esos sitos estará, si es que no se ha ido ya, cosa no puede comprobar con una llamada porque tiene el móvil sin batería. Eso también se veía venir.

Hace siete años volvió a Madrid con la estúpida esperanza de que al abrirse esa puerta, iba a recibir un abrazo, un beso, y tal vez hasta un "te quiero". En su lugar, cuando la puerta se abrió, lo que recibió fue un frío glacial. La vida no siempre te da lo que quieres. Esa mañana a él le dio lo que se merecía. Era justo. La vida no te da lo que quieres, pero si te esfuerzas puede darte lo que necesitas, y lo que él necesitaba iba más allá de besos y abrazos. Lo que necesitaba él, con recibimiento cálido o gélido, estaba detrás de esa puerta blanca que se acababa de cerrar en sus narices. La cara que se le debió quedar tuvo que ser un poema, una lástima no haberse podido ver. Fue como si el mundo se le viniese abajo, se esperaba de todo, que le abrazase, que le hostiase, que la gritase, que le echase a patadas... todo menos esa frialdad. Eso no se lo esperaba. Leo era muchas cosas, pero ¿fría? No, eso no lo era. Muy al contrario. El susto de la puerta al cerrarse le llevó a dejarse de medias tintas envueltas en "quiero estar contigo", y darle lo que se merecía desde siempre que no era otra cosa que la verdad desnuda.

- Leo- susurró su nombre contra la puerta, le sonó extraño decirlo en alto después de tanto tiempo- Leo... joder, Leo

No era eso lo que quería decirle, pero era como tener las palabras atragantadas en la laringe. Necesitaba hacerlas salir, pero le costaba horrores.

- Leo, te quiero- lo dijo tan bajo que ni él mismo se escuchó- Por eso he vuelto, porque te quiero. Te quiero, joder- esta vez lo gritó alto y claro en medio del descansillo desierto.

Esas palabras también le sonaron extrañas, de su boca habían salido poquísimos de esos. Desde los veinte años, exactamente cero pelotero. Él en su vida puede haber sido muchas cosas, pero nunca ha sido un mentiroso, nunca ha dicho "te quiero" sin que fuese verdad, por eso lo había dicho tan poco. El caso es que, tal vez por la falta de costumbre en esas cosas, se sintió estúpido y ridículo gritando "te quieros" a su puerta como si eso fuese una película de Cameron Díaz. Las cosas no funcionaban así, y lo sabía, no se arreglaba un año de ausencia con un te quiero.

Le pareció sentir actividad detrás de alguna de las tres puertas que le rodeaban. Vecinos fisgones hay en todas partes, y él había gritado lo suficientemente alto como para que le hubiese oído su ex jefe en Buenos Aires. Mucho cotilla, pero tras la puerta que a él le interesaba, no hubo actividad alguna. Demasiado tarde, y demasiado poco

- Leo, joder, he vuelto porque te quiero, y quiero estar contigo. Hostia puta. Porque te necesito- se apoyó en el marco de la puerta y acarició la madera con tanta delicadeza como si fuese a ella a quien estuviese tocando.

La puerta no pareció muy impresionada por su declaración de amor, ni se inmutó. Las puertas no son muy receptivas a estas cosas, y por si alguna vez había pensado otra cosa, ese día le quedó bien claro que la madera no habla. Esperó un buen rato, pero la cosa no cambió. No pasó absolutamente nada ¿Y ahora qué? Ahora por subnormal, por soplapollas, y por descerebrado, nada. Ahora nada.

Se quedó con la frente apoyada en la puerta. Ni siquiera estaba seguro de si ella le había oído. Por lo que él sabía, se podía haber colocado unos cascos para ahorrarse oír estupideces, y aunque le hubiese oído... tal vez le importaba una mierda. Cabía la posibilidad de que le hubiese oído y estuviese dentro de su casa horrorizada por haber sentido algo por ese ser patético que lloriqueaba en su puerta. Cabía la posibilidad de que.... no acabó el pensamiento.

Sintió movimiento en la puerta sobre la que estaba apoyado, y se enderezó. Contuvo el aliento mientras la rendija se hacía más y más amplia. No se abrió del todo, solo lo justo para poder ver media Leo, la otra media quedaba parapetada tras la madera. La media Leo que podía ver, estaba mucho más pálida que hacía un par de minutos, y tenía los ojos muy rojos, como si hubiese estado llorando, o intentado no hacerlo. Se sintió como una mierda al verla así. Ella le miró directamente a los ojos.

- Eres un cabrón- no lo dijo como un insulto, lo dijo como algo que simplemente era así.

Ya no había rastro de frialdad en su voz, solo un ligero temblor. Se temió una hostia, casi la deseó, cualquier cosa era preferible a la indiferencia, pero después de ese "eres un cabrón" no vino ningún golpe.

- Tú .... tú.... tú estás mal de la azotea, tío. Mal de la cabeza. Un puto año entero sin saber absolutamente nada de ti, y te presentas aquí, de buen rollito, con la bolsita ponzoñosa esa, como si no hubiese pasado nada- su voz era pura incredulidad e indignación- A ti se te va la pinza de mala manera, ¿Pero tú qué coño te has creído?

No contestó, no supo que decir.

- ¿Tú tienes la más remota idea de lo que esto ha sido?

- No- decidió dejarse de mierdas, no tenía ni puta idea, sabía qué había sido para él, pero no para ella.

Por cómo le miró supo que esa era la respuesta correcta.

- Tú.....¿Tú te piensas que puedes hacerme y deshacerme como te de la gana? ¿Te crees que soy un juguete que se puede sacar y meter del cajón cuando te salga de los huevos a ti? ¿Eh?- un par de lágrimas se la escaparon de los ojos. No supo decir si eran de dolor, o de pura rabia- Ahora quiero, ahora no quiero, ahora vuelvo a querer.

- No, claro que no- se le llenaron los ojos de lágrimas, si estaba entendiendo bien, eso no podía tener buen final- Yo... no... – ni las palabras le salían- Tú.. tú no eres ningún juguete para mi, cualquier cosa menos eso. Eres.. Yo... yo soy un cabrón, y un egoísta, pero te quiero. Por eso me fui, y por eso he vuelto, porque te quiero.

- Me quieres- soltó una risa seca sin ningún humor.

- Te quiero.

Le mantuvo la mirada un buen rato sin decir nada, después su cara se relajó, cerró los ojos y suspiró profundamente, como si intentase tomar valor. Cuando los volvió a abrir en sus ojos vio que había tomado una decisión.

- ¿Son churros?

Él tardó un segundo de más en asentir, le costó entender a qué se refería, se había olvidado de la bolsa de papel. Por una décima de segundo se vio con una docena de churros metidos uno a uno por el culo.

- Todavía no he desayunado.

No sonrió al decirlo, pero se hizo a un lado, y abrió completamente la puerta. Los dos sabían que con ese gesto no solo le estaba dejando pasar a su casa, le estaba dejando pasar de nuevo a su vida. Sin más, sin preguntas de por medio.

La siguió hasta la pequeña cocina. Una vez allí ella se movió en silencio sin mirarle demasiado, casi podía oírla pensar. Él se refugió junto al microondas. Se acuerda de esa mañana con toda claridad, cada cual apoyado en un trozo de cocina, todo lo separados que las pequeñas dimensiones de la sala permitían.

- ¿Sigues tomando el café solo?

- Y con las mismas toneladas de azúcar.

Vio un esbozo de sonrisa en sus labios, no fue ni una sonrisa completa, pero a él le pareció lo más bonito que había visto en un año. Mientras la observaba preparar café, tuvo la sensación de que acababa de despertarse de una larguísima pesadilla.

- Leo... lo siento, lo siento muchísimo. No sabes cuánto.

Ella le miró con los brazos cruzados sobre el pecho, las cejas ligeramente fruncidas igual que los labios. Después asintió.

- Necesito que me perdones. Yo, yo nunca he querido hacerte daño, Leo, nunca. Nunca.

- Ya lo sé

Recuerda que cuando ella se acercó a él y le abrazó, se agarró a ella tan fuerte que lo raro fue que no la cascase una costilla o dos en el proceso. Ese fue el primer contacto físico que tuvieron en trece meses, y es una sensación que no se le va a ir de la cabeza aunque viva doscientos años. Si al llegar Madrid había pensado que había vuelto a casa, en ese momento se dio cuenta que no, que era en ese preciso instante cuando la hacía. Teniéndola así contra su cuerpo, se le vinieron encima trece meses de miedo y soledad, y fue plenamente consciente de lo cerquita que había estado de echarlo todo a perder. Se echó a llorar como un crío, si hasta le dio hipo. Hacía siglos que no lloraba de esa manera, fue como abrir un grifo. No podía parar, pero daba igual, no se avergonzó de hacerlo.

- Te quiero mucho, Leo- sonó raro con el sofocón, pero fue perfectamente entendible

No la soltó hasta que empezó a oler a café quemado. Después de eso las palabras que no antes no salían, manaron en torrente, estuvieron hablando hasta bien entrada la noche, cuando agotados de tanta palabra, y tanto sentimiento reprimido se quedaron dormidos en el sofá con las cabezas juntas, en una maraña de extremidades entrelazadas. Necesita creer que el año que necesitó para ver lo evidente, fue completamente necesario. Por eso nunca piensa en otros caminos que hubiese podido tomar, porque si los encontrase, eso significaría que había perdido todo un año de estar con ella, y el pensamiento se le hace insoportable.

Desde esa mañana de domingo han pasado seis años. Seis, que se dice pronto. Seis años y siete días para ser exactos. Las fechas, como los nombres no son lo suyo, pero hay algunas imposibles de olvidar. Nunca se le olvidará la de la vuelta a casa, ni tampoco ese día glorioso, y casi milagroso, en el que su atléti, hizo triplete al ganar la Champions, la liga y la copa del Rey.

Cuando Leo y él empezaron su relación, muy poca gente daba un duro por ellos. Las comisarías pueden llegar a parecerse bastante al patio de un colegio, todo el mundo se entera de todo, y todo el mundo tiene opinión de todo el mundo. Él tenía fama de lo que tenía, de putero, así que cuando se enteraron de que Marín y Corso estaban juntos, se convirtieron en la comidilla. Él era la cabra que, tarde o temprano, iba a tirar al monte, y ella la pobre gilipollas, ciega perdida, que no quería ver lo que todos veían, que el que nace cabrón, muere cabrón, y que él solo le iba a dar mala vida. Todos parecían pensar que era cuestión de tiempo antes de que volviese a las andadas, saliese de caza, colocase unos cuantos cuernos en la cabecita de Leo, y la dejase tirada como una colilla. No descarta del todo que hasta hubiese alguna porra a sus espaldas con plazos para de que eso pasase, a los polis les van las porras casi tanto como los trienios. "La gente no cambia" era la frase clave que recorría grupitos.

Y tenían razón. Él cree que la gente nace y muere de la misma manera. La gente no cambia, lo que le pasa a la gente es que crece. Evoluciona. Un día te das cuenta de que no eres exactamente el mismo que ayer, que eres otra cosa, pero no algo inesperado y extraño, sino algo que siempre ha estado ahí pero que nunca antes se había dejado ver. Tan simple como eso. Es algo así como una habitación sin luz y con una ventana: en la oscuridad de la noche no hay nada, en la luz del amanecer se empiezan a insinuar siluetas borrosas, según avanza el sol, se empiezan a dibujar contornos, y llega un momento en que puedes ver todas esas cosas que siempre han estado ahí desde el principio, solo que antes no podías verlas porque no había llegado el momento. Solo hace falta la combinación adecuada, y la magia se produce. Lo de la combinación correcta es fundamental, porque si le acercas una zanahoria a una mecha apagada, no va a pasar nada, pero si le acercas una cerilla.... En algún punto del camino, ellos dos fueron sustituidos por otros desgraciados en los corrillos de la cafetería, y ya duda de que nadie se acuerde de la cabra que iba a tirar al monte y de la ciega estúpida.

Todos esos rumores les trajeron sin cuidado, estaban demasiado ocupados estando el uno con el otro como para preocuparse de si había rumores o no. Después de tanto tiempo separados, no se cansaban de mirarse, tocarse, o besarse. Esos meses los pasaron viviendo cada cual en su casa, él en su estudio, y ella en su apartamento. La mayoría de las noches las pasaban juntos, claro que si, pero tenían ese espacio privado al que salir corriendo por si las cosas se ponían feas. En su historia las cosas han funcionado prácticamente solas, nunca han forzado nada, y nunca han necesitado hablar demasiado para tomar decisiones. Lo que ha pasado entre ellos, ha pasado porque tenía que pasar, y lo de irse a vivir juntos no fue una excepción a la regla. Así que a los tres meses de haber vuelto, se encontró viviendo en un apartamento invadido de cajas de cartón con su nombre y el de Leo escritos en ellas.

El comienzo de la vida en común no fue nada fácil, y no precisamente por las disputas domésticas. Fue como si el destino estuviese decidido a ponerles a prueba de todas las maneras posibles, y a cual más hija de puta. Tuvieron unas cuantas piedras en el camino que por poco no hace que se estampasen de dientes contra el bordillo.

La primera piedra apareció cuando no llevaban ni un mes viviendo juntos, aún había cajas sin abrir por todas partes. El tropezón no tuvo nada que ver con ellos como pareja, les vino con una llamada informándole que un juez había decidido excarcelar a Vázquez por motivos de salud. Así, de la noche a la mañana. Estaba enfermo del corazón según le dijeron. Mira que le costó creérselo, resultaba chocante que ese pedazo de cabrón gastase de eso.

Fue un mazazo. Se quedó hecho una mierda. No entendía cómo esa justicia que él defendía cada día, podía ser tan ciega, tan sorda, y tan cruel. Eso ni era justicia ni era nada, era un insulto. ¿Eso era en lo que un juez valoraba la vida de su madre? ¿En poco más de un año de cárcel? Se obsesionó con esa idea. El pensamiento no le dejaba en paz. Lo miraba, lo pesaba, lo tocaba, lo saboreaba, y cuánto más lo hacía más irreal parecía. Poco a poco le empezó a carcomer, y lo invadió todo. Vázquez se convirtió en el centro de su vida, la herida que creía cerrada se abrió de par en par, y dolió como nunca.

Era incapaz de entender cómo había podido llegar a pasar. Como el hombre en el único animal que tropieza trescientas veces con la misma piedra, él volvió a las andadas, se sintió responsable de que ese cabrón estuviese en la calle. Comenzó a pensar que en vez de todo el numerito que montó para que confesase, lo que tenía que haber hecho era haberle pegado un tiro entre ceja y ceja, y haberle puesto punto y final al sunto. Empezó a dormir mal, a no comer, a fumar compulsivamente, a estar borde con todo el mundo, a saltar a la mínima.... Se negó a aceptar que tenía un problema. Según él estaba perfectamente, y que Vázquez estuviese o no en la cárcel le daba exactamente igual. Se lo dijo a todo aquel que intentó acercarse, no se necesitaba ayudas porque estaba perfectamente. Por unos días se olvidó de todo ese año que acababa de dejar atrás, se le olvidó todo lo que aprendió, estuvo apunto de cagarla. Afortunadamente para él en esa ocasión no estaba en Argentina rodeado de gente a la que le daba igual cómo estuviese. Estaba en Madrid, con Leo, y a ella si le daba igual.

Ella no se resignó a quedarse de brazos cruzados viéndole comerse la cabeza. Como según él no le pasaba absolutamente nada, e intentase lo que intentase, no conseguía hacerle reaccionar, se arremangó y se metió de lleno en el barro con él. Se puso a su nivel, y se apuntó a su juego de no me pasa nada. Empezó a jugar a que a ella le pasaba ese mismo nada que a él. Si él no comía, ella tampoco, si él no dormía, ella menos, si él se fumaba un paquete, ella otro. Si le preguntaba que qué estaba haciendo, que qué le pasaba, ella siempre le respondía "lo mismo que a ti, nada". Le desconcertó, eso si que no se lo esperaba. ¿De qué iba? Se estaba comportando como una puñetera cría. El pulso duró dos días, los que le llevó darse cuenta que quien que se comportaba como un crío descerebrado era él, y que las cosas ya no funcionaban así, que eso de actuar como los indios cabreados era cosa del pasado. Ya no estaba solo, y lo que se hacía a él, le rebotaba a ella. Si se hería, la hería. Si Leo no se hubiese comportado como una cría, no sabe cómo hubiese acabado el asunto, pero tuvo la gran suerte de que lo hizo y le salvó el culo. Le recordó que no se había ido a vivir con ella para compartir gastos y cama. Para eso se hubiese ido a una residencia de estudiantes suecas. Se habían ido a vivir juntos para compartirlo todo, la mierda también. Así que le echó huevos, y reconoció que no era Superman.

- Leo, estoy muy, muy jodido.

- Si

- Esto se me ha venido encima de mala manera... y .....yo solo no puedo.

- Es que no estás solo, yo no te voy a dejar solo ni de coña, Pablo, ni de coña.

También recuerda ese abrazo como si hubiese sido hace cinco minutos, también ese día olía a café, y también ese día estuvo a un tris de cascarla las costillas de lo fuerte que la abrazó.

- Dime una cosa, Leo, ¿tú alguna vez te das por vencida?

- Contigo no.

La respuesta le llevó al segundo conato de fractura costal de la mañana, menos mal que tiene los huesos tan duros como la cabeza. Se la llevó al sofá, y vomitó todo lo que llevaba dentro, todas esas cosas que nunca había dicho en alto, puso nombre a todos esos miedos que llevaban tanto tiempo flotando a su alrededor. Le habló de Vázquez, lo que le hacía sentir pensar en él, de cómo no entendía porqué no le pegó un tiro cuando pudo. Ella le escuchó sin abrir la boca y sin apartar los ojos de los suyos. Cuando acabó se la quedó mirando con lágrimas cayéndole por la cara. Ella le secó la cara con los dedos y le besó ahí dónde hacía un segundo había lágrimas.

- ¿Sabes por qué no le pegaste un tiro? Porque no eres como él. Tú ni tienes dos caras, ni eres retorcido, ni tienes dobleces.

- ¿Me has llamado simple?- intentó aligerar el espeso clima que se había creado.

- No – le besó en la cara- Te he llamado buena persona.

- ¿Tú crees? Lo que yo creo es que soy, es un gilipollas. Me creí que de verdad yo le importaba algo, que se preocupaba por mi. Lo único que hacía es lavar su conciencia conmigo. Nada más. Me vendió la moto muy bien vendida. Soy un gilipollas.

- No eres ningún gilipollas. Vázquez es una rata cobarde, un hijo de puta y un asesino, pero estoy segura de que te quiere... lo único es que se quiere más a él mismo, que valora más su culo que el de los demás- se encogió de hombros- La gente es así.

- La gente es así...- repitió las palabras casi saboreándolas, la miró fijamente a los ojos y la acarició la cara muy despacio- No todo el mundo es así.

- No- ella sacudió la cabeza muy seria- Mira las monjitas que van a misiones a África- se le quedó mirando con una sonrisa de medio lado.

- Las monjitas de África...- no pudo evitar reírse.

- Si, son muy abnegadas- lo dijo con completa seriedad.

Leo suspiró antes de moverse en el sofá hasta quedar sentada sobre sus piernas. La abrazó, y hundió la cara en su cuello. Se quedaron como estaban hasta que el teléfono sonó muchísimo rato después.¿Podía ser que se sintiese mejor después de haberse sacado toda la mierda del pecho? Podía ser, y así era. Se sintió más ligero, había dolido, pero se había sacado una espina que le estaba infectando la sangre.

Sin espina todo cambió. Cambió la manera en que se veía a si mismo, a su padre, y sobre todo a su madre. Un día empezó a contarle a Leo cosas de su madre. No de la mujer que tenía depresiones y murió asesinada. No, de esa no. De la otra, de esa de la que casi se había olvidado. La mujer a la que le gustaba la música clásica, la que adoraba leer y el punto de cruz, la que siempre le cubría la espaldas con su padre. Se empezó a olvidar de cómo había muerto, y volvió a recordar cómo había vivido. Sin espina recuperó a su madre. A los seis meses de que le excarcelaran, Vázquez murió de una cosa llamada endocarditis, una infección en el corazón, así que al final resultó que si que tenía.

Unas pocas semanas después del episodio de la excarcelación, la unidad A se puso en marcha, y Leo y él, empezaron a trabajar juntos de nuevo. Si el rodaje de la unidad cinco había estado bien, volver a verse trabajando codo a codo con ella, era otro nivel. Cómo había echado de menos a esa Leo, a la poli.

El destino estaba mejor que bien, los demás compañeros eran agradables, y buenos policías, el jefe un tío del que podían aprender muchísimo, y los casos se prometían extremadamente interesantes. No se podía pedir más, y por exactamente dos semanas todo rodó estupendamente, pero como el destino parecía que les tenía manía o algo así, tras un par de casos de homicidio, llegó un interesantísimo caso de violaciones en serie. En cuanto se recibió el aviso quedó bien claro que si bien Leo se había hartado de recordarle que era humano, a ella misma se le había olvidado que padecía de ese mismo mal. Él no era el único que intentaba jugar a superhéroes, ahora que él había dejado de jugar a Superman, ella se ponía a jugar a ser Wonderwoman.

Ni pestañeó cuando llegaron a la escena del crimen y se encontraron con lo que se encontraron, el cadáver de una chica de unos veinticinco años con las bragas bajadas y el cuello roto. Tampoco se inmutó con las que siguieron. Se echó por encima una cota de malla de siete metros de espesor, y se comportó como si el tema no fuese con ella, como si fuese otro caso más. No lo hizo mal, no hacía remilgos a ninguna tarea, ya fuese hacer fotos, interrogar o pasarse horas hurgando en los archivos de violadores. Incluso cuando se empeñó en ser ella y nadie más que ella quien hablase con las víctimas que habían tenido la suerte de escapar con vida, lo hizo de tal manera que nadie podía sospechar que detrás de esa levedad y profesionalidad con la que se ofrecía, pudiese haber una necesidad íntima y desesperada. Leo no dijo nada ni hizo nada especial, pero desde ese primer día del caso empezó a hablar menos que de costumbre, a fumar más de la cuenta, y el DVD de la Princesa Prometida a estar siempre en danza.

Todo en ella gritaba que no quería hablar, así que él solo podía morirse de angustia, e imaginarse qué pasaba por su cabeza. Estuvo a punto de volverse loco, pero no podía obligarla a hacer nada que no quisiera hacer, tuvo que limitarse a hacer lo que la otra vez, no alejarse de ella, y esperar.

El caso acabó una semana después, dejando un saldo de siete violaciones, una por cada día que no pudieron cogerle, y cuatro asesinatos. Cuando le pusieron las esposas a ese cabrón, algo en Leo cambió, se sumió en un mutismo absoluto, un silencio opaco que no le permitía ver qué estaba pasando por su cabeza. Era distinto a todos los silencios que la conocía. Cuando ese día llegaron a casa por la noche, pidieron comida china y se sentaron a cenar en la mesa baja del salón. Ella no tocó la comida, ni siquiera el kubak de gambas que tanto le gustaba mereció un solo segundo de su atención. Se dedicó a hacer dibujos con los palillos en su plato, la cabeza gacha, los ojos en los hilos de salsa agridulce que arrastraba por la porcelana. Recuerda haber oído un suspiro a su lado, y el ruido que hicieron los palillos contra el cristal de la mesa cuando ella los depositó con cuidado.

- Siento haber estado tan ida estos días.

Eso le pilló complemente fuera de juego, no se esperaba esa frase.

- Sé que te he dejado fuera, y que te lo he hecho pasar mal, y lo siento mucho, pero es que no sé hacer las cosas de otra manera. Siempre te regaño por intentar hacer las cosas tú solo, y luego yo hago lo mismo, pero es que necesitaba tiempo para asumir.

- Ni se te ocurra disculparte, Leo, ni se te ocurra.

- Casi no he pensado en esto en el último año.... solo muy de vez en cuando, alguna pesadilla desperdigada por ahí.. poca cosa- se encogió de hombros- No es que se me haya olvidado, en la vida se me va a olvidar, es solo que... supongo que he aprendido a verlo como lo que es, algo que pasó y que no puedo cambiar, pero que ya no puede hacerme más daño.

La pasó un brazo por los hombros y ella apoyó la cabeza en el hueco de su cuello.

- Se me ha removido todo con esto. La otra vez fue más fácil, mucho más fácil, no sé si porque todavía estaba un poco anestesiada o porqué, pero fue más fácil.

- Leo...

- Muchas gracias por haber estado pegado a mi, y por no haberme hecho nunca ninguna pregunta. Sé lo difícil que ha sido para ti, porque sé que necesitas saber.

- Leo, lo único que me importa es que tú estés bien. Lo que yo necesite o no, da exactamente igual. Solo me importas tú, a lo demás, yo incluido, le pueden dar mucho por el culo.

Se quedó mucho rato en silencio, en el salón el único sonido era el de sus respiraciones, y el leve crujido de la camiseta de Leo bajo la palma de su mano.

- ¿Sabes que es lo que más recuerdo de esa noche?- otro suspiro- El olor a sucio de la manta, cómo se reía, y vuestra mirada.

Con el tono ligero en el que se cuentan las cosas más graves, le contó con la voz clara, y los ojos secos todo lo que necesitaba saber. Todo lo que llevaba dos años esperando oír. Fue como si en vez de quince de julio del dos mil nueve, hubiesen vuelto al trece de noviembre del dos mil siete.

04 Mushaboom


Helping the kids out of their coats / But wait the babies haven’t been born oh oh oh / Unpacking the bags and setting up / And planting lilacs and buttercups oh oh oh / I got a girl to stick it out / And make a home from a rented house oh oh oh / And we’ll collect the moments one by one / I guess that’s how the future’s done oh oh oh / Old dirt road (mushaboom) / Knee deep snow (mushaboom) / Watching the fire as we grow old (mushaboom) / Old dirt road / Rambling rose (mushaboom) / Watching the fire as we grow old (mushaboom) / Well I’m sold …

Ayudando a los niños a quitarse los abrigos / Pero espera!, Los bebes todavía no han nacido, oh oh oh / Deshaciendo las maletas e instalándonos / Y plantando lilas y botones de oro oh oh oh. / Tengo una chica con quien salir adelante/ y formar un hogar de una casa de alquiler, oh oh oh / Y coleccionaremos los momentos uno por uno / Supongo que así es como se hace el futuro. Oh oh oh / Vieja y sucia carretera (Mushaboom) / Nieve hasta las rodillas (Mushaboom) / Mirando el fuego mientras nos hacemos viejos (Mushaboom) / Vieja y sucia carretera / Haciendo excursiones (Mushaboom) / Mirando el fuego mientras envejecemos… (Mushaboom) / Bueno, estoy comprado...



Poco a poco la normalidad entró en sus vidas, los fantasmas del pasado les dejaron en paz, y pudieron centrarse en el presente. Para ellos se acabó lo de jugar a ser superhéroes, Superman y Wonderwoman se habían ido a tomar puñetas y se quedaron solo Leonor y Pablo. Pablo y Leonor. Humanos y vulnerables. Perfectamente imperfectos. Dos vidas por acoplarse en zona desconocida. Ninguno de los dos había vivido con nadie, llevaban haciendo y deshaciendo a su antojo durante muchos años, y eso que tenían por delante era toda una aventura, un misterio para ellos. Era todo nuevo, desconocido, emocionante y un poco intimidatorio. Con las aguas sosegadas llegaron las piedrecitas del día a día.

Primer asalto

- No dejes las zapatillas ahí, coño, ponlas en su sitio

- Es que este es su sitio

Segundo asalto

- ¿Ah, que duermes a la izquierda? Pues es que yo también.

Tercer asalto

- ¿Dónde coño has puesto mi móvil?

- ¿A mi qué me dices?

- ¿Cómo que qué te digo? Yo lo he dejado ahí, y ahora no está.

- Pues búscalo

Cuarto asalto

- La lejía se pone debajo del fregadero, joder

- La lejía va en el armario de la terraza

- Pues no se compra lejía, y ya está.

Quinto asalto

- Joder, ¿qué te ha hecho el tubo de pasta de dientes para que lo chafes así?

Sexto asalto

- Si estás viendo que el papel del váter se acaba, pon uno nuevo, joder.

Séptimo asalto

- Por Dios, ¿no ves que este DVD no va en esta caja?

- ¿Pues en cuál va?

- ¿En la suya por ejemplo?

KO en el octavo asalto.

- Eres imposible, ¿lo sabes?

- Pues anda que tú....

- Ven aquí, anda, dame un beso.

- ¿Solo uno?

Y es que así era como acababan todos esos combates. Anda que no hubo noches que empezaban con cada cual en su esquinita de la cama, espaldas enfrentadas y tan alejadas como el metro cincuenta de colchón daba de sí, y acababa con un lío de sábanas de las que casi era imposible salir, pijamas tirados en un radio de metro y medio, y una maraña de brazos y piernas enredadas.

Superaron los guijarros como habían superado los grandes baches, con cariño y paciencia. Consiguieron paras con nota el reto del día a día, sin ser conscientes del todo, uno y otro empezaron a ceder terreno, a dar su brazo a torcer, y a hacer las cosas ni a tu manera, ni a la mía, sino a la nuestra. Aprendieron a respetarse sus rarezas, sus manías y esos momentos que los dos necesitan de vez en cuando para estar solos. Se acoplaron muy bien también en esto, y así han seguido todos estos años.

No tienen una vida de película de Disney de esas con desayunos interminables en la mesa de la cocina, ni se levantan siempre de buen humor, ni están siempre de acuerdo en todo. Lo que tienen es algo muy real, con sus discusiones y sus desacuerdos, de vez en cuando estalla la bomba por alguna chorrada, pero es normal, los dos tienen mucho carácter. No cambiaría ni una sola coma de su relación, y además, si alguno de los dos dijese que no le gusta discutir, estaría mintiendo de mala manera. Un poco de acción es necesaria de vez en cuando, ¿qué sería de su vida sin esas explosivas discusiones por los motivos más estúpidos, y sin sus correspondientes reconciliaciones?

Por lo demás, su convivencia es de lo más tranquila. Tranquila, que no aburrida, porque a eso se niegan. La vida no es una peli llena de novedades y emociones extremas. No. Todos los santos días tienes que hacer las mismas cosas, levantarte, trabajar, comer, dormir... eso es así, y si no lo haces, pues malo, eso es que has palmao. El qué hacer está ahí, no tienes elección, no puedes dejar de comer o dormir hoy porque ya lo hiciste ayer, eso está claro. Lo que si puedes elegir es cómo lo haces. Puedes decir, "menuda mierda, otra vez lo de todos los días", o intentar olvidarte de rutinas, y centrarte en lo que estás haciendo, no en lo que hiciste ayer, o lo que harás mañana. Puedes amargarte pensando en lo aburrido de comer todos los días en el mismo sitio, o puedes saborear la comida. Además están las lavadoras, las planchas, las camas por hacer, el polvo que mantener a raya, las comidas por preparar... como no tengas cuidado, te puedes encontrar con que en tu relación hay tres miembros, tú, tu pareja, y la odiosa rutina, y por eso ninguno de los dos está dispuesto a pasar, así que cada día se pelean con ella para que se quede en la puerta.

Hay muchas maneras de marcar la diferencia entre otro día más, y HOY. Un beso a hurtadillas, una palabra bonita al oído sin venir a cuento, una escapada que no estaba planeada, un paseo por el parque que acaba en una sesión de lucha cuerpo a cuerpo en el césped, un detalle sin ningún porqué, un mensaje en el móvil que te hace sonreír, una nota escondida dentro de un informe, una cena muy especial un martes que no tiene nada de particular, una caricia inesperada. Algo pequeño que haga de hoy diferente a ayer. Y es que el futuro, la vida, es una colección de hoys, por eso merece la pena esforzarse, y dar lo mejor de uno mismo.

¿Dónde se ha metido esta mujer? No está ni en frutería, ni dónde la leche, como no esté en el pasillo del café, y tenga que volverse a casa con las manos vacías, ya termina de rematar el día.... pero no. Cafés, infusiones, y Leo a su derecha, en el pasillo número siete. Se la encuentra completamente absorta estudiando un paquete de algo que parece café, y a juzgar por el pasillo debe serlo. La ve, y todo el malestar del día, y el enfado que tenía encima se disuelven de golpe. Se le olvida que ha visto a un hombre muerto con su misma cazadora, que dentro de poco cumplirá treinta y ocho, que tiene hambre, sed y que la bota le hace daño.

Le encanta esa Leo que tiene delante, una de las muchas que componen el puzzle. Esta que ve es su Leo secreta, la que nadie más conoce. La que le chantajea con su sonrisa y su mirada de cachorrito perdido para que se encargue él de la plancha porque a ella se le da fatal, la que se las apaña para gastar un rollo de papel de cocina en un solo día, la que nunca se acuerda de si los diez minutos de huevos cocidos se cuentan desde que se ponen en el agua o cuando rompe a hervir, y la que desafina en la ducha. Esa que está junto a una cesta de la compra llena de botellas de leche y puerros.

Es increíble como la presencia de una persona puede hacer que toda la mierda que venía arrastrando desde por la mañana, se acabe de ir a tomar por culo a una velocidad de vértigo. Leo es a todo lo malo que le rodea, lo que el ajo a los vampiros. No, espera, mejor lo que las balas de plata a los hombre lobos. Lo de los ajos sonaba bastante mal. Sea como sea, hortaliza o plata, que alguien tenga ese efecto ti, es algo muy grande, que coño grande, es enorme. Impagable.

Vivir no es fácil para nadie, pero cuando se tiene el trabajo que ellos tienen, la cosa se hace más cuesta arriba. Ven mucha mierda, muchísima, y con el tiempo no se hace más fácil. Afortunadamente no te haces insensible, al contrario, cada vez es más jodido seguir haciendo lo que hacen. Cuando era más joven y acababa de entrar en la poli, no lo sabía, pero hay un número limitado de cosas malas que puedes ver sin volverte completamente loco. Hay un número que no conoces pero que según pasan los años sientes cada vez más cerca, porque lo que ves cada vez te hace más mella. Ahora lo sabe, los dos lo saben. Llevan mucho tiempo rodeados de porquería. Ahora entiende porqué la gente pide traslados a otras divisiones que no tengan nada que ver con violencia, o se esfuerza en ascender, en ser cada vez más políticos y menos policías, porque no sales limpio de lo que haces, te acaba salpicando, y como dejes que te cale.... estás perdido. Cuando te pasas el día viendo cosas que nadie debería ver, eres consciente de lo que gente es capaz de hacer, y eso te hace perder la fe en este puto mundo. Necesitas algo muy bueno y muy sólido para no hundirte en la mierda, o convertirte parte de ella. Un talismán. Su talismán está leyendo el reverso de un paquete de café como si fuese lo más fascinante que ha leído en su vida.

Parece que ella siente su mirada porque levanta los ojos de lo que tiene en la mano, y la expresión de concentración da paso a una sonrisa enorme que sin remedio se le contagia a él. Siente las comisuras de los labios tirando hacia arriba, y las endorfinas a plena máquina, y él pensando que necesitaba chocolate para eso.... Cada vez que la ve, no importa que sean veinte veces al día, le pasa lo mismo, sonríe como un idiota. Incluso cuando están enfadados, al verla tiene que recordarse que no puede sonreír. A veces lo consigue y otras no.

Joder, pero que guapa está. ¿Cómo alguien te puede seguir gustando tantísimo después de todo ese tiempo? No habla de querer, que eso es un tema aparte. Habla de gustar, de pura atracción física. Es que la ve con su chupa de cuero marrón, sus vaqueros, sus zapatillas de deporte, ese pelo largo, y esa sonrisa bailándola en los ojos, y lo que hay a su alrededor desaparece. Está prácticamente igual que cuando la conoció, la misma sonrisa, la misma mirada, el mismo aspecto de niña entre buena y traviesa, y el mismo efecto sobre él. Las ganas de quitarla la ropa y hacerla de todo ahí mismo se mantienen intactas. Es un cabrón con muchísima suerte.

¿Quién le iba a decir hace ocho años que iba a acabar así con esa niña pijita y moñas a la que llamó Charo? Vaya huevos le echó al asunto. Hay que tener mucha casta para confundirte de nombre, y luego pedir unas gafas de sol presuntamente olvidadas en su casa. Gafas de sol que, dicho sea de paso, jamás volvió a ver, y que hace unos años, con unas copas de más, ella confesó haber pisoteado y tirado a la basura en cuanto llegó a su apartamento. Aunque le gustaban esas gafas de sol, y además hace un par de años volvieron a llevarse, hubiese pagado una millonada por ver eso.

A veces la llama Charo, solo para picarla, y vaya si se pica. Aunque poco hace falta para picarla con eso de los nombres, un Leonor o un Leíto, y ya la están saliendo chispas de esos ojazos suyos. Anda que no se pone guapa cuando se enfada.

- ¿Pero tú qué haces aquí?- le pregunta sin dejar de sonreír cuando están a la misma altura

La abraza sin contestarla. Llevaba todo el puto día deseando hacerlo. Acerca la nariz a su cuello, y aspira. Le encanta cómo huele, sobre todo a estas alturas del día cuando geles y colonias casi se han evaporado, y el olor predominante es Leonor número cinco. Mantiene el abrazo posiblemente más tiempo de la cuenta, cualquiera diría que no se han visto en años, pero a él le hacía mucha falta, y ella no parece importarle en absoluto. Al contrario, está haciendo esa especie de ronroneo que solo hace cuando ha tenido un día especialmente jodido, y está especialmente sensible y mimosa. Pues hoy se va a aburrir de ellos, porque si ella está tontorrona, él no sabe ni cómo está. La besa sin prisa antes de ponerse en modo sensato.

- Vamos a ver, Leo, la pregunta no es qué hago yo aquí, sino que narices estás haciendo tú

- Comprar, ¿qué voy a hacer?- contesta con aire de inocencia.

- Sabes perfectamente qué estoy diciendo- ve su carita y el tono de regañina pasa a la historia, siempre le pasa igual- Joder, Leo, si te dije que yo me encargaba de venir a comprar.

- Es que ya me conozco de sobra tus "yo me encargo". Compras todo lo que no necesitamos, y te olvidas de lo que tenías que comprar. Además yo he llegado a casa antes que tú.

- Y ahí es dónde te tenías que haber quedado.

Le dedica una sonrisita de culpabilidad.

- ¿Y qué es eso de abusar de tu puesto de jefa para escaquearte a hacer la compra?

Tres años después de que la unidad A empezase a funcionar, justo cuando él había dejado de llamarle Jonás o Jane, Johan se fue a regalar conocimientos a otra unidad. Sin demasiadas cavilaciones Requena decidió que era el turno para que Leo demostrara de qué era capaz. Al principio a ella le daba un miedo atroz estar al mando, y es que los zapatos de Johan eran muy grandes, y no solo porque gastase un cuarenta y seis mínimo. Leo no es Johan, claro que no, a ella le llevó unas semanas darse cuenta de que nadie esperaba que lo fuese. En esos días debió dormir media hora en total, y comerse medio sándwich mohíno, pero cuando lo comprendió, y dejó de intentar lo imposible, resultó que su Leito tenía mucha madera de jefa. El día menos pensado se va a encontrar viviendo con la Jefa Superior de la Policía, y si no fuese porque es tan poco dada al peloteo, y de la diplomacia solo sabe cómo se escribe, no sería algo tan descabellado.

- Si abusas, Leo, hazlo bien. Haz algo divertido, vete de farra, da un aviso falso en el Parque de Atracciones, o un golpe de estado a Requena.... algo así - la hace un amago de cosquillas en los costados, que ella contesta con un suave manotazo- Te lo montas fatal

- Ya te digo, me lo monto fatal, pero tú, guapo, no te lo montas mejor, te escaqueas, y acabas en el mismo sitio que yo.

- ¿Y tú cómo sabes que me escaqueado?

- Pues porque acabo de hablar con la unidad, y Juan y Mónica todavía están de papeleo...

- Bueno, pero estaban a punto de acabar, y era más importante asegurarme que no hacías ninguna trastada. Además, Leo, si tener cierto enchufe con la jefa, no me libra del papeleo... ¿para qué narices estoy contigo?- coloca la cabeza sobre su hombro y entrecierra los ojos a la espera de la reacción.

- Te la estás buscando- le da una suave colleja riéndose

- Mejor me callo, vaya a ser que me castigues a dormir en el sofá, que hoy hace mucho frío.

- Eso, que calladito estás mucho más guapo

- Encima que te he cogido helado de chocolate...- la señala el envase que ha dejado en la cesta, y ella se muerde su sonrisa, antes de besarle.

- Pues por listo, no te voy a dar, ¿eh? Que lo sepas.

- Como que yo iba a querer...

- Ya vendrás a mi suplicándome que te de una cucharadita.

- Eso habrá que verlo- por supuesto que lo hará, pero más por el placer del tira y afloja que porque ese helado le apetezca de verdad.

Leo le saca la lengua antes de darse la vuelta y devolver la atención a la estantería llena de paquetes de café e infusiones. La abraza desde atrás, por debajo del pecho. Ella, reclina la cabeza en su hombro y le besa suavemente en la barbilla antes de seguir con su minuciosa inspección de los cafés. Coge y deja un envase tras otro, le diría que ya los han probado todos, pero sabe que no va a adelantar nada.

- ¿Qué tal día has pasado hoy?

- Bien, ha estado bien.

- Leooo- usa su tono estándar de "que ya nos conocemos"

- Bueno, desde hace un rato un poco jodida, pero es normal, es su hora bruja, y se revoluciona un poco.

Baja las manos hasta esa barriga que por fin empieza a parecer un embarazo y no un problema de gases.

No estaba planeado, como todo entre ellos pasó porque no podía no pasar. Acababan de llegar de vacaciones de México (siete años después por fin fue), así que no se extrañaron por el malestar de Leo, mucha gente volvía con el aparato digestivo hecho una caquita. Pasó por un simple virus intestinal que traía a Leo por la calle de la amargura. Si, era curioso que esos vómitos fuesen peores por las mañanas con el estómago vacío, y que muchas veces se quedasen en arcadas secas, y también que se sintiese marada, pero tampoco era especialmente raro. No fue hasta que la regla empezó a retrasarse que se empezaron a plantear que iba a ser algo más grande que un virus. Conforme pasaban los días y las sospechas se fueron transformando en certeza. Con el anillo ese que se ponía Leo la regla se podía simplemente retrasar un día, alguna vez dos, raramente tres, extraordinariamente cuatro, jamás cinco, y bajo ningún concepto ocho. No era un virus.

Al octavo día, un soleado domingo de principios de septiembre, por fin tuvieron la conversación que había estado flotando entre ellos. Leo no es precisamente de las que les gusta que las sujeten el pelo mientras vomitan, pero ese día le dieron igual sus protestas y gruñidos para echarle. Se quedó dentro aguantando el chaparrón verbal intercalado de arcadas. Cuando el sonido de la cisterna enmudeció, y ella acabó de lavarse y enjuagarse, se quedaron mirando el uno al otro en silencio. Los dos con la misma cara de poker.

- Ven aquí, anda- se sentó sobre la taza, y la tendió la mano

Ella obedeció silenciosa, y se sentó sobre sus piernas.

- Leo, esto no es un virus.

- No, mucha pinta no tiene- resopló y escondió la cara en su cuello- Joder, Pablo, que no sé cómo ha pasado- lo dijo con cierto tono de angustia.

La angustia se debía a que nunca se habían planteado en serio ese tema. Lo más lejos que habían llegado fue una vez que alguien les preguntó si querían tener hijos, y los dos respondieron lo mismo, y a la vez. "No lo sé". No lo sabían, ni el uno ni el otro. Ahora él si sabía. Había tenido tiempo de pensar en esos días de dudas, y vaya si sabía. Sabía que si al final todo era una falsa alarma, se le iba a quedar cara de gilipollas para los restos.

- ¿Ah, no? ¿No sabes cómo ha pasado?- la apartó un mechón de pelo de la cara- ¿Te hago un esquema, o prefieres una demostración práctica?

- Pero que idiota que eres- se rió suavecito, después suspiró- Joder, que este mes no se me ha pasado quitarme, ni ponerme el anillo los días que eran- volvió a resoplar- Y el otro tampoco- resopló- Creo.

Le hizo mucha gracia ese "creo" añadido tímidamente al final, y el mohín en que sus labios quedaron. Parecía estar intentando recordar si creía o sabía. Esa carita se mereció un sonoro beso en la mejilla.

- Leo, si es que se veían venir. Tanto tentar a la suerte... pues, mira, al final hemos hecho bingo.

Ella se rió con ganas.

- Si, va a ser eso.

Dejó de sonreír y se puso seria.

- ¿Y ahora....?

- Pues ahora, como una niña buena, vas a desayunar, que como sigas así te me vas a quedar en chasis, y después, cuando te lo hayas comido todo, yo me voy a bajar a la farmacia de guardia a comprar un test.

- Vale, comprar un test- un suspiro monumental- ¿Y si da positivo?

- Pues si da positivo, que te digo desde ya que lo va a dar, mañana a primera hora pedimos cita para el médico, y cuando nos diga que todo va bien, ya podemos empezar a discutir sobre cómo le vamos a llamar, y a qué tipo de cole vamos a llevarle. ¿Qué te parece el plan?

La respuesta fue una sonrisa tan radiante y tan inmensa que casi necesita gafas de sol para no deslumbrarse. La abrazó con algo de torpeza, le daba miedo apretar de más, y la sembró la cara de besos.

- Joder, Leo, que vamos a ser padres. Tú y yo- en ese momento debía tener una sonrisa que le llegaba a las orejas.

- Padres...- ella dijo la palabra como si fuese la primera vez que la oía- Joder. Padres. Tú y yo, padres- Leo se echó a reír contra su cuello, y el sonido fue casi infantil.

La risa se le contagió a él, y estuvieron un buen rato riéndose abrazados sobre la taza del váter. Fue una risa muy compleja, había de todo ahí: nervios, algo de miedo, incertidumbre, pero sobre todo muchísima ilusión.

- Venga, preciosa, que te voy a preparar el desayuno, un cola cao bien grande, y un croissant de esos que te gustan.

- Oye, ¿Y si estamos aquí todo alterados y al final es stress, o algo así?

- Mira, eso no va a pasar. Esto que tienes aquí- la acarició el pecho cariñosamente- no estaba así hace un mes, y créeme que tengo la zona bastante controladita.

- No tienes remedio- nunca la había visto sonreír de esa manera.

Por supuesto el test dio positivísimo, tenían un "virus "de tres semanas.



- Joder con tu "se revoluciona un poco", Leo. Menuda tienes montada ahí dentro.

Ella enarca las cejas y resopla, "a mi me lo vas a contar". Baja la cabeza hasta la altura de la barriga de Leo

- Oye, Gambita, eso de tratar mal a mamá si que no, ¿eh? Por ahí no paso, como sigas así te voy a castigar sin salir de casa hasta los dieciocho.

- Me da a mi que Gambita pasa un rato largo de tus amenazas.

Le llaman Gambita. En la primera ecografía, donde se supone que debían ver un proyecto de bebé, eso fue lo que vieron, se sintieron unos futuros padres horribles, pero por mucho que mirasen, ahí no había asomo de niño, solo una especie de gamba. Ha pasado el tiempo y su niño ya no es una gambita, la última ecografía, la de las veinte semanas, les había enseñado un panorama muy distinto. Lo que vieron no era una gamba, era un niño. Un niño canijo, pero totalmente perfecto, con sus manitas, sus piececitos, su boquita... Un niño de verdad, coño. Su niño. Lo que sintió al verle, no sabe ni cómo describirlo, fue un chute de adrenalina en vena.

Con esa ecografía sus planes de llamar Clara al bebé se fueron a la mierda. Lo que habían visto, mucha pinta de Clarita no tenía, desde luego que no. Hubiese sido bonito, mucho. Si su madre supiese que iba a ser abuela.... no puede ni imaginarse la ilusión que le hubiese hecho. Si le pudiese ver ahora, con Leo a su lado, y a punto de ser padre, tan distinto a ese chaval que ella conoció, está convencido de que se pondría a llorar de la alegría. Lo que daría por ver su cara.... Quiere pensar que se sentiría orgullosa de él, su padre siempre le dice que así es, y que él, desde luego, está muy orgulloso del hombre en el que se ha convertido. Su padre está orgullo de él. Eso son palabras mayores. Hace diez años ni se le hubiese pasado por la cabeza que pudiera significar tantísimo para él.

Y hablando de su padre, está como loco con la idea de tener un nieto. Hacía muchísimo años que no le veía tan contento, parece que le resulta imposible dejar de sonreír. El pobre hombre en su puta vida imaginó que su hijo le iba a hacer abuelo. Y si son los padres de Leo... los pobres que ya se habían resignado a que ni boda, ni nietos, ni nada de eso, al enterarse soltaron tales gritos de alegría que se pudieron oír en Tombuctú.

- Si es que no deberías machacarte tanto, Leo, y desde luego, no deberías estar aquí, joder, deberías estar en casa descansando. Llevas casi doce horas currando- no le gusta ponerse en plan madre, que para eso ya tiene una, pero hay veces que no puede evitarlo.

Ella le regala su cara de "no me des la tabarra".

- Estoy embarazada, no paralítica.

- No paralítica ya veo que no estás, pero si yo estoy cansado como un perro, tú....

- Yo estoy bien, de verdad, lo que pasa es que tú es que ya eres un viejuno- le dispara una sonrisa radiante junto con el piropo- Además como no me dejas hacer nada divertido, me paso el día encerrada en la unidad, así que tampoco es para tanto.

Tiene estrictamente prohibido hacer nada remotamente peligroso, ni entrevistas a testigos, ni escena del crimen, ni sospechosos... siendo ella lo activa que es, así está la pobre, amargada.

- Ya, "no es para tanto".... Leo, es que no sabes las ganas que tengo de que te cojas la baja.

- Cuando no pueda, pues ya echaré el freno, pero de momento....

- Nunca me haces caso de nada, es que no sé ni para que me molesto.

- Si que te hago caso, pero... solo cuando tienes razón.

Se ríe, suspira, y sacude la cabeza, todo a la vez. Ella si que no tiene remedio.

- Leo, de verdad que no sé cómo puedo quererte tantísimo con lo terca que eres.

La abraza y la da un beso en la mejilla, bajo sus manos sigue notando una pequeña revuelta a la que ella finge ser completamente ajena. Esta mujer es cabezota como nadie que haya conocido, no daría su brazo a torcer y reconocería que está incómoda, o cansada ni bajo tortura inquisitorial.

- Venga, anda, coge el café, el que sea, que nos va a dar igual- los cafés descafeinados son todos la misma mierda- y vámonos para casa, que, mientras tú te das un baño, yo me encargo de la cena.

Ya se le ha olvidado que hace unos minutos no tenía ganas de hacer cenas, ahora solo le apetece mimarla un poco.

- ¿Tú?- ella abre los ojos fingiendo sentir pavor- Oye, que si quieres matarme, dilo sin más, que hay confianza.

- Estás tú hoy muy graciosilla...- se cruza de brazos fingiendo sentirse ofendidísimo.

- Venga, no gruñas- le da un beso en la cara- Si tampoco se te da tan mal, y además estás muy guapo entre fogones con ese delantal tuyo.

- ¿A que quién duerme hoy en el sofá eres tú?

- En tus sueños.

- ¿En mis sueños? Leo, si sueño contigo, créeme que no es precisamente durmiendo en el sofá.....

Ella sacude la cabeza y se ríe suavemente. Coge un paquete de café al azar y lo mete en la cesta. Dirá misa respecto al cansancio, pero conoce esa carita, y sabe que se va a quedar sin Leo en cuantito ponga la cabeza en la almohada.

- Bueno...- le abraza por el cuello- ¿y qué me vas a hacer de cenar?

- Lo que mi niña quiera.

- ¿Ah si?- hace una mueca con los labios y pone esa cara suya de conspiradora profesional.

- Si, pero no me lo pongas muy difícil

- ¿Sabes qué me apetece un montón? Una de esas tortillas de patata tuyas- arrastra las sílabas y se pega aún más a él.

Si se lo pide en ese tono de gata zalamera, le haría hasta un pavo al horno, aunque tuviese que irse al campo, cazarlo, desplumarlo, y después enterarse de cómo coño se hace.

- ¿Una tortilla?- la aparta un mechón de pelo de la cara y se lo coloca tras la oreja

- Si, me apetece muchísimo- asiente mordiéndose el labio inferior.

Se lo ha puesto tirao, las tortillas de patatas, son su plato estrella. Le salen de muerte, Leo es casi adicta a ellas.

- Tus deseos, son mis órdenes- la besa rápidamente en los labios- Venga, vamos a pagar, que hoy vas a cenar la que está considerada como mejor tortilla de patata del mundo.

- ¿Pero no habías dicho que la ibas a hacer tú?- le mira incapaz de contener la risa. Cómo disfruta picándole.

- Te voy a...

- ¿A qué, eh? Valiente... ¿a qué?

- A comer de un bocao- la muerde suavemente el cuello mientras ella se ríe y repite "Corso, coño" una y otra vez.

Para pagar tienen que esperar una tremenda cola porque el orgullo de Leo la impide hacer uso de la caja para "futuras mamás". Si fuese solo un poquitín más terca, no sería humana. Ya en casa, al darse la vuelta tras meter el helado en el congelador, ve que le está mirando con expresión enigmática.

- ¿Qué pasa?

- Nada

El nada se completa con un abrazo que le pilla de improviso.

- Oye, ¿tú estás bien?- la abraza por los hombros.

- Si, claro que si.

- ¿Seguro?- la acaricia la nuca

- Seguro, tengo el día un poco tonto, nada más. Serán las hormonas.

- Pues mira, se me deben haber pegado a mi, porque yo también, telita....

Se mecen suavemente como si bailasen sin música.

- Báñate conmigo, anda- lo dice contra su cuello y le hace cosquillas al hacerlo.

- ¿Quieres que me bañe contigo?

- Si

- ¿Y la cena? La tortilla no se va a hacer sola.

- Pues la dejamos para mañana, y descongelamos algo, o pedimos una pizza. Me apetece mucho más estar un buen rato contigo que que me hagas la cena- le acaricia el cuello mientras habla.

Entre pelar patatas y cebollas, y bañarse con Leo, desde luego que no hay color. No se le ocurre mejor final de día.

- Así que es eso, me ofreces compartir baño para librarte de mi comida.

- No, te ofrezco compartir baño para que me des un masajito de esos que me das.

- Pero que bicho malo eres, cómo me utilizas, seguro que solo me aguantas por eso.

Una sonrisa baila en sus ojos mientras le mira.

- Pues claro, ¿Qué te pensabas? ¿que te aguanto porque te quiero o algo así?

- Uy, no, Leo, que cosas tienes, jamás se habría pasado por la cabeza algo así.

- Mejor, porque en absoluto es el caso – ella concluye con un beso profundo y perezoso

Ya no se acuerda del cadáver que llevaba una cazadora como la suya, ni de sus sueños de primitivas, rubias, cochazos y áticos, ahora solo piensa en meterse en un baño caliente con ella, y darla todos los masajes que le de la gana. A los áticos les salen goteras, los cochazos tienen seguros criminales, ni tres mil rubias le llegan a la suela de los zapatos a su morena, y las primitivas... bueno, esas no tienen nada malo, solo que siempre le tocan a otros. No es que se conforme con lo que tiene, es que no quiere otra cosa, no cambiaría lo que tiene por nada del mundo. Mejor dicho, casi nada, porque la hipoteca si que la borraría del mapa sin que le temblase el pulso.